sábado, 25 de diciembre de 2010

Cap. 2: "Su espera"

Siempre Papa Noel le había traído todo, pero esta vez el pedido no solo era inviable material y económicamente, sino que era, además, inmoral. El problema no era de tamaño, ni de plata. Era un problema más grande; era un problema con la humanidad y todos los chicos del Mundo.

Hasta el 24 a la tarde, antes de que llegase toda la familia a pasar la velada, Juan eludió todo tipo de argumentos, tácticas y estrategias para que tachase la última línea de su larga lista, negándose y encerrándose en su cuarto. Ésta no era para Juan una Navidad como cualquier otra. Con todo lo que le habían dicho, terminó dudando de la veracidad de Papa Noel, de su real existencia. El trineo era cuestión de vida o muerte.

Un minuto antes de las 12 los grandes brindaron. Juan, en la mesa de los chicos junto a su hermano menor y sus primos, no prestaba atención siquiera a los fuegos artificiales que se empezaban a ver en las alturas. Tampoco había comido postre, ni siquiera helado, su favorito, señal de que algo malo estaba pasando. Es que era el minuto decisivo.

Se brindó por salud, trabajo, y todas esas cosas. Los grandes hicieron partícipes a los más pequeños del brindis, y estos se entusiasmaron al ser parte del rito de los adultos. Sin embargo, Juan apenas se entusiasmó; miraba ahora al cielo en busca de la llegada del trineo, esperaba con desesperación el grito de su tía la borracha, quien solía realizar la cuenta regresiva para las 12.

“Tres, dos, uno… ¡Feliz Navidad!”, gritaron todos a destiempo, mientras los chicos salían despedidos al cuarto en el que se encontraba el arbolito y los regalos. Juan iba primero, corriendo con impaciencia. Abrió la puerta, y se quedó clavado ahí. La desilusión lo invadió de repente, mientras su hermano le pasaba por el costado y se arrojaba, enajenado, fuera de sí, a los paquetes. Es que no había ningún trineo, no había ningún paquete grande, no había señales de Papa Noel ni de sus renos ni de nada. ¿Papa Noel no existía? Si todos los demás regalos estaban, ¿por qué justo ese no? ¿Dónde, sino?

Los ojos de Juan le comenzaban a lagrimear, de a poco. Sin abrir siquiera un paquete, volvió corriendo a donde estaba su mamá, enojado no sabía bien con quién; si con ella, su padre, Papa Noel, o su hermano. ¿Era todo una mentira? ¿Le habían mentido descaradamente toda su vida? Mamá lo consoló con una sola pregunta: “¿Te fijaste en el garaje?”.

Juan se iluminó. No había pensado en eso. Su corazón latía ahora más fuerte que en toda la noche, que en toda su vida, quizás. Era la última posibilidad. Corrió al garaje, abriendo la puerta con fuerza. Prendió la luz. Su rostro se transformó y sus ojos se desorbitaron. No daban abasto a cubrir semejante maravilla. Era el trineo de Papa Noel.

Cap. 1: "El pedido de un niño"

Juan le pidió a Papa Noel una bicicleta, el juego de mesa que le había visto a Pedro, una playstation tres, unos botines para jugar al fútbol, una pelota, unas cartas al viejo estilo de las magic, unos muñequitos que se habían puesto de moda en los recreos de su colegio, un álbum de figuritas que no podía conseguir desde hacía tiempo, un auto a control remoto, etcétera.

No pidió mucho más que otros años, ni en calidad ni cantidad. Básicamente, se trataba, para Juan, de una renovación casi completa de su placard de juguetes: en vez de la play 2, Juan había pedido para esta Navidad la play 3; en vez de los muñecos de tal, Juan había pedido los de cual. Había solamente algo extraño en la lista de pedidos, en la última de las líneas. Algo que sorprendió de sobremanera a su mamá. “Tu trineo”, había concluido la carta Juan.

Mamá estaba en problemas. Le había dicho, insistido, que pida todo lo que quiera: “Papa Noel es bueno, y si te portaste bien en el año te va a traer todo lo que quieras, como a cualquiera de los niños del mundo”, le había dicho con una sonrisa bien de madre unos días atrás. Pero esta vez, pensaba ella, fue demasiado.

Lo sentó a su querido hijo de tan sólo siete años a la mesa. Con su voz más tierna y comprensible, intentó explicarle que la idea del trineo era una locura. Le dijo que era imposible empaquetar un trineo y ponerlo debajo del arbolito, le dijo que el trineo era peligroso para manejar, que la bicicleta era más cómoda y simplemente mejor. Pero Juan se mantenía en silencio, díscolo, incapaz de comprender tan sencillas razones. “¿Cómo va a hacer Papa Noel para seguir entregando regalos si vos le pedís el trineo?”, fue la última estrategia de mamá. Juan no cedió siquiera un centímetro. No entraba en su lógica lo que le decía mamá: él sólo entendía que se había portado bien, y que se merecía todo lo que quisiese –eso le habían dicho–.

Intervino el padre a pedido de la madre, pero no hubo caso. Juan no estaba acostumbrado a los “no”, y su deseo crecía cada vez más. El trineo era, ahora, el regalo más esperado. Tener una buena Navidad empezaba a depender exclusivamente de que Papa Noel le traiga el tan ansiado trineo que había visto tantas veces en el cine y en la tele.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Tres días por un pasaje

Una larga fila de personas que llevan bolsas de dormir, aislantes, colchas y reposeras se forma en la estación de Retiro desde la madrugada del domingo 14 de noviembre. Pareciera que están próximas a emprender unas vacaciones, pero no. La fila es para sacar pasajes para viajar en tren a Tucumán tres meses después, el 11 de febrero; las frazadas son porque ya esas personas están advertidas: saben que para conseguir tales pasajes deberán dormir dos noches en el frío suelo de la terminal.

El local de la empresa Ferrocentral S.A., que tiene la concesión del recorrido Retiro-Córdoba-Tucumán, permanece cerrado, pero hay varios carteles. Uno de ellos anuncia: “Noviembre: agotado, diciembre: agotado, enero: agotado, 4 de febrero: agotado, 7 de febrero: agotado, 11 de febrero: venta el martes 17”. El otro, no menos pesimista, dice así: “La empresa entregará por orden de llegada 85 números, asegurándoles a estos la posibilidad de conseguir pasajes”.

El problema”, explica Marcos, “es que la lista se empieza a armar recién a la tarde, y antes del mediodía acá va a haber más de cien personas”. Marcos quiso sacar pasajes para el 7 de febrero el martes pasado –había hecho cola desde el domingo- pero era tanta la cantidad de gente que en el tumulto “hubo vivos que se colaron” y él, como otros, quedó afuera. Previsor, hoy Marcos trajo un talonario y repartió los 85 números entre los que iban llegando: “Esta vez nadie me va a cagar”, ruge. Camila, universitaria de 19 años, vino con sus amigas y trajo tres reposeras: “Igual, la gente está curada de espanto, me miran como si nada”, acota. A ella, que llegó pasadas las siete, le tocó el número 65.

Miguel, encargado de la organización de la venta de los pasajes, llega poco después del mediodía con un guardia de seguridad, también contratado por la empresa y se encuentra con que los 85 números ya están asignados. Es una suerte para él, ya que solo deberá anotar nombre, apellido, DNI y explicar lo de siempre: que se permiten un máximo de cinco pasajes por personas y diez en caso de grupo familiar, que nadie puede irse de la fila y que en todo caso deberán hacer turnos con alguien que los suplante. Los 85 nombres anotados en la planilla deberán cuidar su lugar en la fila durante dos días ya que la ventanilla de venta se abre recién el martes 16 por la madrugada.

Llegado al número 86 –porque la fila cuenta con unas 30 personas más al mediodía-, aclara a los que vienen detrás, sin pelos en la lengua, que los va a anotar “por las dudas” pero que “probablemente no consigan pasajes”. Allí termina la tarea de Miguel hasta la noche, cuando vuelve a pasar para corroborar la presencia de los 85 elegidos. Si alguno no está, automáticamente el número 86 ocupa su lugar, pero, aclara enseguida, para la desilusión de quienes están detrás, y con una cierta amabilidad, que “eso generalmente no pasa”.

La tarea de Miguel no es solo anotar y verificar la planilla; también debe atender los reclamos de las personas, los enojos e insultos, que no son pocos ni injustificados. Sin pelos en la lengua, Miguel reconoce que hay “cientos que se quedan afuera”, pero también que, dadas las condiciones, éste es el mejor sistema, y, finalmente, el único posible. Su sinceridad y honestidad a la hora de tratar con la desesperación de quienes se han arrimado tarde a Retiro es la principal causa de por qué la indignación e impotencia generales no pasan a mayores.

Hay quienes están una semana o más viviendo acá para sacar pasajes; es una locura”, comenta Claudio, quien, como la gran mayoría, si no consigue los pasajes no puede viajar. “¿Cómo hago para viajar con toda mi familia sino? Viajando en tren me ahorro 2400 pesos”, insiste.

La posibilidad de obtener el pasaje es un bien muy preciado. El pasaje más barato, categoría turista, sale 45 pesos, con descuentos para jubilados, pensionados, estudiantes y personas discapacitadas. El tren, con capacidad para unas 560 personas, no alcanza para cubrir la excesiva demanda de pasajes; en la actualidad se realizan aproximadamente 2 viajes semanales cuando en 1978 se realizaban entre 4 y 6 por día.

Roxana, recostada paciente y solitaria sobre la pared de un local, escucha la conversación y explica que todos los años es lo mismo, pero que este en especial es un desastre: “El año pasado el pasaje en micro estaba a 200 pesos; hoy está a 400”. Al lado de ella, un señor agrega: “Antes gastabas una platita más y te ahorrabas unas seis, siete horas; hoy la diferencia con el colectivo es enorme, todo el mundo quiere viajar en tren”, aplicando una lógica imbatible.

La resignación en las personas que hacen fila es grande, así como la impotencia. Algunos insultan a la empresa, otros al Estado, los menos al guardia de seguridad; otros se desquitan con Miguel. Nadie sabe bien por qué no hay más trenes, pero todos coinciden en que esto es una “locura”. Mismo Miguel, quien comenta llevándose una mano a la frente: “Hace dos meses trabajo acá, creo que me estoy volviendo loco”.

Desde el domingo, y hasta el martes a las 9, se arrimarán personas para hacer fila para viajar el 11 de febrero pero ya los lugares estarán ocupados, les explicará Miguel, con esa amabilidad con la que se gana cariñosamente el apodo de “Bigote” entre quienes comparten estos tres días de espera. Para el 11 de febrero, oficialmente a partir del mediodía, ya no quedan pasajes.

La empresa, resultado de la unión de Nuevo Central Argentino y Ferrovías, tomó el corredor Retiro-Tucumán hace cinco años, reinaugurándolo luego del desmantelamiento de la red ferroviaria producida en parte durante la dictadura y en parte durante el menemismo, pero el servicio sigue siendo insuficiente. “Antes el tren a Tucumán tardaba 16 horas; hoy tarda 26 o más; ni sabes si llegas. Pasa que hoy no hay máquinas ni trenes ni vagones: el estado de las vías desde Santiago del Estero a Tucumán es desastroso”, explica Miguel, con la misma sinceridad que le dice al número 86 que no conseguirá pasajes. Ante la pregunta de por qué no hay mayor frecuencia, agrega, aunque en un tono más bajo: “Es mucha la presión: un tren son 20 colectivos”, aplicando una lógica, otra vez, imbatible. “Tenés que ir a hablar con la Secretaría de Transporte”, finaliza, desentendiéndose.

A las nueve de la mañana del martes se terminará de vender la capacidad total del tren. Habrá abrazos, besos, y hasta aplausos para algunos, luego de una convivencia de tres días en las que hubo mates, cartas e insultos compartidos. Mientras, sobre los locales de Retiro se irá formando una nueva fila; la del 14 de febrero.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Un buen pescador

Un buen pescador es más que un tipo que saca muchos pescados. Es decir, es eso, pero también mucho más. Es un tipo tranquilo, que sabe apreciar paisajes y silencios. Un tipo que se mueve despacio, de movimientos sutiles y casi imperceptibles; una sombra en el bote y un árbol más en la orilla.

Él y la caña deben ser uno. Su tanza, una extensión de su mano; su señuelo, su disfraz. El dedo gordo, ultra sensible para sentir la carnada siendo acechada por una presa momento clímax de la cuestión, es clave, así como una buena vista, unos buenos anteojos de sol y una gorra que cubra las orejas del sol implacable del mediodía.

Sin paciencia no será nada ni llegará muy lejos quien se aventure al arte de la pesca. Pero sólo con ella tampoco; el buen pescador debe saber que se puede serlo sin sacar nada ni tener un puto pique en toda la jornada. Debe saber lo debe tener bien en claro que luego de la misma quien en voz alta haga alarde de la cantidad de pescados que sacó es, en verdad, el mayor de los papanatas y, en todo caso, sólo un intento de pescador que no merece mayor atención ni consideración. Porque, ante todo, un buen pescador debe mantener su humildad sin hacer alarde de ella.

La exageración es una propiedad posible, pero no implica nada ni es determinante. Quien lleve a cuestas el título de pescador, deberá buscar el éxito para comer, o, en todo caso, devolver el pez al agua. "Matar para comer" debe ser su lema. Además de todo lo dicho, una heladerita con hielo, una cerveza 3/4, y un poco de fiambre son esenciales, así como unos buenos panes de panadería, frescos del mismo día. Por último, una vieja y oxidada navaja una victorinox quizá cuyo precio sea mínimo pero cuyo valor simbólico tienda a infinito es condición inseparable.

Pero hay algo que todo buen pescador no puede nunca prescindir, algo con lo que estará eternamente atado: su suerte.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Correr el bondi

Una visión: se está yendo.

Un riesgo: que se vaya.

Una determinación: correr.

Un alivio: semáforo en rojo.

Una espera: la fila es larga.

Una pregunta: "¿Cierro?".

Una respuesta: "Dale".

Un número: 1,10.

Un placer: aire acondicionado.

Otro: un par de tetas increíbles.

Una sorpresa: no arranca.

Una duda: ¿Me bajo o espero?

Una certeza: me quedo.

Un hecho: arranca.

Un pedido: permiso.

Un ruido: timbre.

Un final: me bajo.

martes, 30 de noviembre de 2010

De corrido

Era un ambiente -otra vez- difuso. El momento justo. Ella, víbora -como siempre-, lo tomó de las manos, lo arrastró hacia un rincón. Le suspiró al oído, le habló con dulzura -mirándolo con ternura- como sabía le gustaba.

Le acarició los dedos, la palma de sus manos, mientras le dirigía su mirada hacia el centro de sus ojos. Él, reacio -como nunca-, la esquivaba; sudaba, pensaba -resistía-. Ella le vio esa primera gota de sudor caer de su frente y supo que lo tenía -amarrado-. Se aproximó, pegó su cuerpo y sus pechos al de él.

Le habló suavemente -con olor a tabaco-. Él la sintió cada vez más cerca -respondió con aliento a alchol-. Sentía únicamente su oreja -cosquillas en su oido- y algún que otro sonido -sin sentido-. Estaba a punto de cerrar los ojos -derrotado-, aunque se mantenía con un último hálito de firmeza -dudosa-. Faltaba el tiro de gracia -sabían-. Al fin, ella le dijo que no conoció un hombre como él -sensual-.

Enseguida: humedad, calor, sábanas, domingo. Nueve de la mañana. Un pensamiento. Un beso. Un adiós -el último-.

viernes, 26 de noviembre de 2010

El mundo de Hugo



Hugo me recibe con una sonrisa de oreja a oreja y una mueca de cansancio: “No estoy acostumbrado a recibir visitas”, dice. Son las 3 de la tarde y acaba de terminar
su rutinaria siesta, que puede extenderse entre tres y cuatro horas. Enseguida me hace pasar y, sin preguntar, ofrece unos mates bien amargos. Hugo Olmos vive en una pequeña casa en la entrada de Oliden, donde nació en 1944.

Oliden es un pueblo chico, de una sola manzana; una sola iglesia, una panadería, una carnicería y una sola escuela. El último censo arrojó una población de 185 habitantes, entre los que viven en la manzana principal y los campos aledaños. Oliden, como tantos otros, es un pueblo fantasma desde que dejó de funcionar el tren lechero en 1978, cuando Martínez de Hoz, Ministro de Economía en tiempos de dictadura, decretó el desmantelamiento del sistema ferroviario –y productivo.

El pueblo, que se encuentra a 87 kilómetros de Capital, 10 kilómetros a la derecha sobre la ruta 36, nació y creció desde 1914 con la llegada del ferrocarril, que servía para trasladar la producción lechera y “algún que otro pasajero”. El tren de carga pasaba por toda el área agrícola ganadera del Gran Buenos Aires y era crucial para la colocación de la producción en el mercado. Con su desaparición, hubo un achicamiento de los pueblos y “los trenes fueron reemplazados por camiones”. Hoy, la estación, abandonada como muchas otras de la zona y tristemente oxidada, se mantiene detenida en el tiempo. Miles de pueblos fueron fundados y crecieron gracias a los trenes, así como también miles se fundieron y desaparecieron a partir de su desmantelamiento.

Desde sus inicios, Oliden se dedicó a la cría de bovinos. En la ruta de entrada al pueblo, de unos 10 kilómetros y motivo de alegría de sus pobladores, ya que fue asfaltada hace tres años, hay una producción ganadera feet lock de aproximadamente 5000 cabezas. También, un poco más adelante, se observan unas hectáreas de plantaciones de soja: toda una novedad en el pueblo ya que la tierra de Oliden no ha sido históricamente labrada. “Los paisanos se están avivando; con 10 hectáreas de soja zafan el año”, explica Hugo, y agrega: “Los campos que viste todos quemados es por causa del glifosato”.

Hugo tiene una pinta extraña. Usa unas pantuflas azules brillantes, una maya con diseños modernos y una musculosa blanca, que hace juego con su pelo canoso y prolijo. Se sienta en la mesa con la pava, se quita los anteojos, y los apoya sobre la mesa. Ya son tres los pares de anteojos sobre la mesa y se ríe: “Tengo un museo de anteojos, ¿viste?”. Las persianas están cerradas y apenas entra luz por las ventanas, sin embargo, aunque algunas nubes tapen el sol y la oscuridad se presente, nunca prenderá la luz artificial. Los tiempos de la naturaleza, en el pueblo, se respetan.

La vida en el campo era muy distinta hace 50 años”, cuenta con algo de nostalgia unos instantes después de recibir en su celular un mensaje de texto de su hijo, aunque aclara: “No sé si hay más bienestar, puede ser, no lo sé”, dubitativo.

En la entrada del pueblo se anuncian en un cartel obras para la instalación de un sistema de agua potable, ya que, hasta ahora, se toma agua de pozo y las napas empiezan a estar contaminadas -de hecho, Hugo es el que hace los pozos, además de molinos de viento-.

Las obras ya están siendo realizadas y Hugo no reniega de estosprogresos” pero advierte que las necesidades son otras: gas y electricidad. El primero porque, con 66 años, “la leña se hace cada vez más difícil de conseguir”. La electricidad, que es brindada por una cooperativa, por su inestabilidad. “Pasa que la plata es de un crédito del Banco Mundial y parece que no se puede usar para otra cosa”, explica con la misma tranquilidad con que me recibió y me despedirá.

Sí se le nota enojo e indignación con el caso de un criadero de pollos que está siendo instalado en la ruta 2 y utilizaría energía de la misma red eléctrica: “¿Cómo puede ser que haya electricidad para ellos y no para nosotros?”. La única esperanza, cuenta, es la creación de un country a 16 kilómetros del pueblo, el cual permitiría la llegada de la tan ansiada energía. “Con ella, el pueblo crecería; habría más gente que se quede a vivir”, resume convencido.

Hugo se muestra especialmente contento con la escuelita del pueblo. Hace unos años, se suprimió el nefasto sistema polimodal y no solo eso, sino que la escuela cuenta por primera vez con un secundario. “Esto hace que los chicos no necesiten irse del pueblo a los 13 años”, dice, lo que se nota en las calles de Oliden, en la que se observan chicos jugando o andando en bicicleta; en el horario de siesta, el pueblo entero duerme y solo algunos niños interrumpen su profundo silencio.

Hugo hace 8 años se separó de su mujer y hoy vive solo. Está preocupado por el reuma, una enfermedad en sus manos que le agranda los dedos y le hace doler cualquier actividad manual. El médico le dijo que tenía que dejar de comer carne. Pero, comenta con una sonrisa, “eso es muy difícil”.
El bar del puebloLa antigua estación, hoy oxidada, del ferrocarrilLa salita de primeros auxiliosUna de las casitas más viejas de Oliden

jueves, 11 de noviembre de 2010

Minorías

Cuando el travesti me gritó "Papi, te hago de todo" me quedé perplejo. Ni siquiera me di vuelta. Continué mi compra en el chino y por un momento me olvidé si había venido a comprar leche, manteca o café. La señorita no insistió con palabras, pero relojeó sin estupor cuando pasó a mi lado, apretaditos los dos en la góndola de lácteos. La señorita se llevaba el mundo por delante y no tenía gracia al caminar, sino una espalda importante y unos tacos que la hacían casi de dos metros.

Otro día, esa misma chica que vivía en frente del super chino, jugó una segunda estrategia y dijo, con un tono que intentaba ser sensual y a la vez cómico: "Por 10 la podemos pasar bien". 10 eran 10 pesos y yo estaba pagando y ella detrás, en la fila. Recordé la anterior situación y esta vez voltié y le sonreí. Y creo que se puso contenta, porque ya nunca más me dijo nada ni me fulminó con su mirada.

Quizá era solo eso: superar esa ignorancia atroz y terrible; esas miradas que se esconden y pretenden hacer ojos ciegos de lo distinto que hay al rededor. "Mirame, hice de mí esto, no tengo problema en decirlo y menos en tener voz de Cacho y piernas de jugador de fútbol", quizá quiso decir. "Mirame, y sabete esto: las minorías existen", y están a la vuelta de tu casa.

jueves, 28 de octubre de 2010

Nace el Kirchnerismo

Son miles los ciudadanos, los militantes que dicen presente en la Plaza de Mayo. Son miles las flores, las banderas y los carteles; son cientas las agrupaciones. Sin embargo, es sólo una la consigna, que se repite una y otra vez hasta el cansancio: “Fuerza Cristina”.

Cuadras interminables de cola esperan por darle su último adiós al Ex Presidente. Confluyen en esa espera distintos sectores sociales, jovenes y viejos; todos en defensa de un proyecto político Nacional y Popular. No es tristeza lo que se respira, o no solamente. Se salta, se grita, se canta. Se vuelven a alzar los dedos en ve. Hay lágrimas pero también esperanza. El mensaje es claro.

Una señora mayor se desmaya en la fila atrapada por el calor popular; enseguida es retirada y auxiliada. En pocos minutos se recupera y rompe en llantos. Perdió su lugar en la fila luego de seis horas pero ese no es el problema: es que los médicos no le permiten volver.

Los cánticos no dan tregua. Advierten: “Si la tocan a Cristina, qué quilombo se va a armar”. Piden, apuestan, por su reelección. Se preguntan: “Si este no es el pueblo, ¿el pueblo dónde está?”. Pero hay uno en especial que hace rugir a la multitud en un grito lleno de bronca y resignación: el pedido, casi la orden, de renuncia al Vicepresidente de la Nación que abandonó hace tiempo este proyecto. “Ándate Cobos la p… que te parió”, se insiste.

La Plaza, ayer, expresó su veredicto: es este el camino que hay que recorrer. Es este el proyecto. Y es Cristina, hoy, la indicada para su continuación y profundización. El pueblo expresó su compromiso. Su convicción en este modelo. Cristina no está sola.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Néstor: dolor y temor

Néstor Kirchner será recordado de muchas maneras. Su muerte súbita lo sepultará en la historia como el Presidente que inició un proceso recuperación y transformación en el 2003 que aún no tiene desenlace ni conclusión, sino más bien, y más hoy que nunca, incertidumbre.

La historia lo recordará quizá como el valiente que se atrevió a un puesto de fuego en un momento tremendo, en un país tremendo; como el redentor del neoliberalismo; como el hombre del sur capaz de animarse a toda una Nación y tomar el bastón presidencial en manos del mafioso de Duhalde; quizás simplemente como el hombre de los mocasines; con mayor probabilidad, como quien alzó y enarboló la bandera de la defensa de los Derechos Humanos. O quizá sencillamente sea recordado como el esposo de Cristina Fernández de Kirchner; como el primer presidente de nuestra América; el refundador de la Patria Gande. O, quién sabe, como el militante que llenó de montoneros la Casa Rosada.

Pero, sin duda, una imagen recorrerá todos los libros y manuales. Una imagen que será inmortalizada como una de las más relevantes de nuestro país; la imagen de un gesto, de un noble pedido con fuerza de orden. El pedido al Jefe Máximo de las Fuerzas Armadas en el mismo lugar que años atrás había funcionado como centro clandestino de detención de dicha instutución, de que retire, para siempre, el cuadrito del Presidente más nefasto de nuestro país, Jorge Rafael Videla. "No es rencor ni odio lo que nos guía en este día; es justicia y lucha contra la impunidad", declaraba.

sábado, 23 de octubre de 2010

Una buena pregunta

Me llamaste a eso de las tres. Estaba sentado en el 168 que iba para Olivos a la altura de Constitución. Cuando sonó el aparato pensé: “Mi viejo”, pero no. En la pantalla se leía tu nombre y es por eso mi sorpresa: porque nunca habíamos hablado antes y no me esperaba ese llamado, y menos esa tranquilidad en tu voz, esa naturalidad. “Si nos conocíamos hace tan poco”, pensaba. Te respondí y habré sonado como un tonto, pero igual quedamos en vernos, y al poco rato nos vimos.
Me atraía que no tengas problemas en expresar lo que sentías, en llamarme cuando tuvieses ganas de verme. Parecen estupideces, pero no es poca cosa; al día de hoy las recuerdo. Me gustaba que me abraces así de la nada y, curiosamente, me fascinaba que al proponerte juntarnos me respondieras: “La verdad que no, no tengo ganas”. ¿Dónde conseguir alguien igual?
No sé si es madurez, pero seguro es algo que anda por ese concepto o lo rodea.
Una vez temía suspender una de nuestras citas: habíamos quedado a las cinco en no me acuerdo qué plaza y media hora antes me llama, bien oportuno, como siempre, un amigo ofreciéndome ir a la cancha con él sin pagar un peso -el partido empezaba a las seis-. Dudo, es verdad, pero acepto su propuesta, aunque con la tristeza de no solo tener que postergar tus besos sino de tener la obligación de llamarte y contarte que prefería ver a veintidós tipitos correr atrás de una pelota –porque eso era para vos el fútbol– antes que encontrarme con vos.
Te llamé, entonces, y con la más tierna y dulce de mis voces te conté la curiosa situación. Preveía un enojo, una crítica, algo, al menos un tono de reproche, pero no. Ni parecido. Me dijiste, así, textual: “¡Qué bueno, che! Me alegro. Bueno, nos vemos otro día”, fulminándome con la respuesta. No sabía qué decirte, no era posible una respuesta como esa; no para mí, por lo menos. No en ese momento. Revisaba cada hueco de tus palabras esperando notar resentimiento o algo parecido. Pero no. Ni ahí ni nunca encontré falsedad en tus palabras, en tus expresiones. Y eso fue lo que me hizo quererte.
Al día de hoy me pregunto: ¿Estaba mal que te des besos con otras personas, sabiendo ambos que solamente me amabas a mí? Buena pregunta.

martes, 12 de octubre de 2010

Don Balón, como en los buenos viejos tiempos

Lunes, 10 de la mañana. Partido chivo. Se enfrentan Iveco Bicentenario y La Probeta de Gise. Iveco busca mantener la punta; La Probeta, sacar su chapa de campeón y arrimarse al lote de los punteros.

Pita el árbitro y la redonda gira. Los primeros cinco minutos los rivales se miden y analizan. La Probeta no arriesga y llueven los pelotazos del gran arquero, flamante incorporación, Facundo Pipa Estévez. La Probeta apuesta a la pelota dividida y a la fricción, a la velocidad en una peinada en tres cuartos de cancha; Iveco, a alguna aparición mágica del 14. La Probeta pronto explota su juventud y a los rivales se los empieza a notar cansados.

El planteo táctico del equipo campeón hace dos años ha variado y hoy presenta en el campo un interesante 3-4-1.

La línea defensiva, compuesta por Federico Daldoss alias el "Rompe-piernas-grosso", el Caudillo Jeremías Acuña y el Colorado Diuk se presenta solida y sin fisuras. Hasta se permite, por momentos, salir jugando con el Colorado Diuk, quien se gana los aplausos y la admiración de sus compañeros: "Bien Diukkk", le gritan. En el banco de suplentes algunos hinchas curiosos se preguntan: "¿Es el mismo del golazo en la final?".

El bloque defensivo lo completa el Rolando que no es Schiavi, el Rolito que no es de hielo, aunque casi: Nicolás Woszezenczuk, quien se muestra atento como nunca y pone lo que hay que poner y rustiquea lo que hay que rustiquear. No es Mascherano pero, hoy, transmite seguridad. Cada tanto se come un pique traicionero y queda pagando, pero quizá Rolo no tenga la culpa -usa lentes de contacto-.

En la generación de juego, la Probeta se hace esperar. Los toques son esporádicos y la magia no aparece. El partido está trabado en el medio. Matías Ramos, más conocido como Eme, recostado sobre la izquierda, se mueve por todo el frente de ataque. Espera su momento; por ahora, solo por ahora, pasa desapercibido. A Maxi Niz, capitán de la Probé, se lo ve flaquito pero mantiene su firmeza y, aunque no llegue, el enganche hacia el área está siempre latente -Maxi es zurdo y juega por la derecha-. Maxi pagaría más tarde con una sola jugada el uso de sus botines blancos. Gabino Andrenacci, con mayores libertades que nunca, aparece como el equilibrista y el elaborador de juego: acompaña a Rolo en el mediocampo. Arriba, molestando a los defensores, aparece Darío Martelotti, ahora más adelantado que nunca.

El árbitro, entre tantos campeones, no quiere perder protagonismo: cobra laterales mal hechos, los cede al rival y luego se los devuelve al Colorado, quien, sorprendido ante tanta injusticia, intenta no echar a perder su segunda oportunidad.

Justamente, de un lateral del Colorado se abre el partido. En el primer palo había que tener cuidado con el 5, grita, vocifera, implora, un defensor del bicentenario: dos saltan a disputar el balón y la pelota pasa de largo, el arquero se sorprende y no logra contenerla. La pelota queda boyando y ahí aparece el 1, que no es Gabo ni Amaya, sino la incorporación de la Sesta del año 2010, Eme, que paga con goles su ya indiscutida titularidad.

Segundo tiempo. Sale Eme, exhausto, y entra Javo, Javinho, el del diez en la camiseta, que viene a cubrir con magia la banda izquierda. Iveco comienza tocando pero enseguida se nota la falta de ideas y la pelota va al lateral. Hay tranquilidad en los probetianos, quienes no desesperan por el segundo gol. Hay tiempo para el toque y más toques. La Probeta se repliega pero deja a Daro para aguantar la pelota y lanzar el contragolpe letal.

Así, en una semi pared entre el 8 y el 5, llega el segundo gol. Gabo controla la bocha en la puerta del área, Daro se la pide con desesperación, Gabo toca, atento, y Daro no duda: 2 a 0 y a llorar a la Iglesia. La pelota pasa por entre las piernas del arquero, quien se lamenta, y se sigue lamentando hasta el día de hoy: "Si tuviese la de Lucatini...".

Los Ivequianos se lanzan al ataque, pero están derrotados física y anímicamente. Los muchachos de la Probeta pareciera que anduvieron mirando "La era del hielo" en la semana; acortan los espacios y se posicionan para salir de contra. Pipa tiene una bolea formidable y a partir de allí la Probeta lastima.

Cabe destacar una raspada de Grosso el rompe-piernas, quien ante una pelota casi dominada, se lanza al piso, demostrándole al rival que por allí no pasaría fácilmente. Cara de malo, la pelota rebota casi en su rostro y se va al lateral. Aplausos de la tribuna: ese es el juego que gusta. También Grosso, inflado por esta demostración de fiereza, se permite un lujo digno de mención: Daro juega hacia atrás, Grosso recibe, y sin levantar la cabeza, toca de taquito para el gran Maxi, quien tiene en sus pies el tercero pero la pelota se va ancha.

Con el 2 a 0 y el partido dominado, Javo se adelanta un poco y Daro retrocede. Javinho tiene una clara, clarísima, pero roza el palo y se va. "Uhhhhhhhh". Hay tiempo para otro remate de Daro tras un pase de Javo desde la izquierda, pero el arquero se muestra lo atento que no estuvo en toda la tarde y la saca al corner. Sobre el final, Maxi paga con un tiro libre el uso de semejantes botines y estrella la pelota en la unión entre el travesaño y el poste. "Clank", estalla. Afuera, la tribuna delira: "Íiidolo".

Afuera, Lucatini alias Franquito, alias Pikachu, alias Richi Fort, alias Lucatain, alias Mister Magoo, alias la Cenicienta, alias Trípode, alias le Tour Eiffel ordena el fondo y se desespera. A pesar de la lesión vino a bancar a su equipo. Luqui espera su tiempo para ganarse el puesto. La actuación de Diuk le genera sentimientos encontrados; piensa que va a ser díficil suplantar al Colorado -porque hoy la rompió-, pero al final del partido se relaja y se reconforta con un pensamiento que es casi una convicción: "Con este equipo se puede ser campeón".

sábado, 9 de octubre de 2010

Gandalf y la UNASUR

Cuando estamos en la escuela, el compañero más grandote, más musculoso nos da miedo. Tiene el poder. La piña está siempre latente y temblamos ante el desafío de su poderío físico. Le damos la razón, tratamos de no discutirle demasiado, de mantenerlo contento. O nos hacemos sus amigos, nos ponemos a su lado y le hacemos una caricia a su ego diciéndole al oído: qué fuerte que sos, y hasta quizá le sonreímos.

Bueno, en política no estamos tan alejados de eso. ¿Cómo frenar a una potencia su sed imperialista, su sed de recursos? "You shall not pass", quizá, como le dijo Gandalf al Balrog, minutos antes de caer por la cornisa y ser derrotado por la gran bestia de fuego. No, así la cosa no funciona. Pues pasarán igual. Tampoco se pueden usar las espadas; lo dijo Gandalf también. Dijo: "Aquí las espadas no servirán", y tenía razón. El poder era y es muy grande, muy temible y oscuro. Gandalf dijo que había que utilizar magia frente a terrible poder, y tenía razón. Pero, lamentablemente, igual perdió, cayendo en el abismo.

Argentina apenas tiene algunas espaditas, y en manos de hombres que nunca las usaron ni tienen muchas ganas de usarlas. Por lo que las espadas no representan una opción viable. Frente al mundo, haber alcanzado el G77 es un logro, por lo que el grito de fuerza, aquel que deba hacer temblar a propios y ajenos, tampoco funcionaría. "You shall not pass", sería una especie de juego, una especie de comedia en la que sé que pasarás pero bueno, al menos te desafío y todos oyen mi grito valiente y desaforado, por más de que luego sea tristemente olvidado y fácilmente ocultado. Porque con los gritos en política no se hace nada, valen solo los hechos. Entonces, ¿qué hacer?

Magia; magia es lo último que le queda a la Argentina. Pero no hay ningún báculo superpoderoso ni ningún mago capaz de enfrentar semejante poder ni capaz de resucitar y volver a dar batalla. No lo hay por ahora. El báculo se llama América Latina y de a poco se va construyendo.

Extra: hace pocos días el Balrog -que no es el Balrog tonto que describe Tolkien, ese que camina siempre para adelante y solo sabe usar su látigo- se tomó el trabajo de avisarle a Gandalf, es decir, a Argentina, que iba a pasar por el puente. Es más, la carta de notificación se la mandó unos días antes y así le escribió, casi cariñosamente: "Discúlpeme señor Gandalf, digo Argentina, en los próximas días estaré arrojando fuego, digo algunos misiles, cerquita del puente. Sólo le quería avisar. Espero su respuesta. Sé que se va a enojar, pero la decisión está tomada. Y el puente, claro, las Islas Malvinas, me pertenecen, como usted ya sabe".

Y el mensaje terminaría ahí. Pero también se verían unas letras élficas -unas letras élficas que no son las que describe Tolkien, porque las de Tolkien las veían sólo unos pocos y estas casi que las ve todo el mundo- que dirían: "¡Ah!, ¡me olvidaba!, también le quería transmitir, antes de que me grite infantilmente "you nosecuanto pass", que, por si no lo sabía, el primer mundo, mejor escrito: El Primer Mundo, se caga, como se ha cagado siempre, en la OEA, la ONU, y, sobre todo, en la UNASUR, ¿qué es esa porquería?".

Gandalf resistió, dio pelea, terminó cayendo pero salvó a unos cuantos.

Argentina está en eso.

jueves, 7 de octubre de 2010

Reflejos

Al principio te creía hermosa, espléndida, perfecta. Me gustaba tu voz, tu cabello, tu forma de vestirte, tus ojos, tus cachetes. Me gustabas vos, me gustaba todo lo tuyo; lo bueno y lo no tanto. Me gustaban tus pañuelos, tu panza, tus kilitos de más. Podíamos pasar días enteros solos, besándonos, mirándonos, charlando de esto y aquello, de la vida, del futuro, de cosas grandes, pero también de las pequeñas: qué nos íbamos a cocinar, si milanesas con puré o papas fritas, o si quizá nos pediríamos una piza para no lavar. Podíamos pasarnos horas haciendo nada que lo disfrutábamos como a ninguna otra cosa.

Luego empecé a ver algunas cosas que no me agradaban, que antes no veía. Pero no me importó. Percibía en vos cierta inseguridad, algo de inmadurez. Había algo que no me gustaba en la relación, pero eran solo momentos, ocurrencias. Las virtudes se transformaron en defectos. De a poco, vos empezaste a notar lo mismo. Ciertas actitudes, algunas respuestas fallidas; cosas que antes no pasaban, o si pasaban, eso; solo pasaban. Solo eran nimeidades, trivialidades, respecto a lo que estábamos y habíamos construído.

El problema estuvo cuando todo lo malo lo quisimos cambiar.

sábado, 2 de octubre de 2010

Habría

Si Carlos hubiera sabido que a las 3:46 de la madrugada del martes él, su esposa y sus tres chiquitos morirían por inhalación de monóxido de carbono, habría aprovechado las últimas horas de su vida para hacer aquellas cosas que le quedaban pendientes. Le habría dicho a su mujer cuánto la quería, la habría besado con pasión como no lo hacía desde hace tiempo. Le habría dicho a sus chiquitos lo que ellos representaban en su vida: todo.

Los habría abrazado infinitamente con lágrimas en los ojos, pidiéndoles perdón por esas tardes de malhumor en que los castigaba y los obligaba a encerrarse en su cuarto, prohibiéndoles la televisión. Les habría señalado, en cambio, lo orgulloso que estaba de ellos, lo felices que su esposa y él estaban de verlos crecer, cada día más grandes y señores. Les habría declarado, otra vez, todo su amor; que la causa de su existencia, que el motivo de su felicidad, eran sus sonrisas y que ninguna otra cosa le importaba más que verlos reir.

Les habría dicho que sí, que cómo no, que esta noche se quedaría jugando con ellos. Los habría dejado quedarse despiertos hasta la hora que quisiesen y hasta les habría permitido faltar al colegio, los habría llevado a la plaza a comer todos los copos de nieve que ellos quisiesen y las caries, esa vez, no importarían.

Aunque todo esto al pedo. Quizá Carlos solo le habría contestado que sí a su mujer, que la apagase, que no era una noche tan fría, y que volviese a la cama a dormir, que mañana se tendrían que levantar ambos muy temprano... Quizá Carlos solo habría apagado la estufa y abrigado con frazadas a su familia.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Cadáver o Presidente

¿Tendríamos los huevos para ofrecer el pecho a una bala injusta? ¿Seríamos capaces de no ceder, de no negociar, peligrando nuestra existencia en este mundo?

Aguante Correa, carajo.

"No habrá ni olvido ni perdón aquí".

sábado, 4 de septiembre de 2010

El porqué

Quizás el temor de quedarnos sólos. El miedo de terminar siendo sólo tu y yo. De aislarnos y consumirnos, agotándonos. Quizás el mero paso del tiempo, el final inevitable; el fin de una buena historia que se cierra. O quizás solo un corte de pelo, una mala respuesta. Un regalo que no fue, un beso frío; varios. Un llamado que se hizo esperar, una caricia que debió ser. Quizás sólo un silencio abrumador y pesado, prolongado; interminable. Un mal día, una tarde desafortunada; quizás sólo un error, un estúpido y maldito error, una apresurada desición equivocada. No lo sé. Verdaderamente no lo sé. Ni me importa.

viernes, 27 de agosto de 2010

Escupir

Te envidio por poder construir semejantes oraciones, con esa simpleza casi burda, tonta que las engrandece y las agiganta. Por esa manera de escribir, por esa expresividad que nunca voy a poder alcanzar. Me desvelo por las mujeres que no tengo ni voy a tener. Por esa casa con pileta y jardín que jamás conseguiré. Por ese hermano que nunca tuve y tampoco encontraré. Por tocar la guitarra como ese semi dios, pseudo mortal que ya todos saben quién es.

Por jugar en la bombonera de cinco y recibir el aplauso de la tribuna que se mueve, que late y vibra ante un foul innecesario pero elegante, de esos que se aplauden solo en ese templo al huevo huevo huevo que es la bombonera. Por salir del tunel y recibir el clamor de las masas coreando esta campaña volveremo a tar contigo, no sin antes haber abrazado a mis compañeros y haberles dicho ante ese partido de mierda que se jugaría: dale que esto es boca cheeeeeeeee.

Me encantaría no pensar por unas semanas, o al menos no pensar dos putas veces las cosas, dejar de ser tan organizadito, tan terriblemente racional, porqué todo tan ordenado!, pero a veces me supera, si encima termino este texto de morondonga y qué es lo primero que hago? Lo justifico, lo justifico, como si fuera una necesidad, una imperiosa necesidad. Necesito un turno urgente con mi subconsciente.

¿Pero para qué digo todas estas cosas? Yo solo quiero ir en gomón con mi viejo a pescar unos matungos, después desescamarlos, sacarle las tripas, y luego enharinarlos, más tarde freirlos, y comerlos, devorarlos con un poquito de limón y sal.

domingo, 15 de agosto de 2010

Laila

Laila piensa todos los días. A veces sueña, tiene hambre; tiembla de frío o sufre del calor y jadea.

Está sola aunque no concibe ni se imagina, tampoco recuerda, un pasado diferente. Su realidad es este patio, a veces la cocina y cada tanto el gran mundo exterior, ese espacio inmenso que por momentos la desconcierta.

En sus salidas ve autos que pasan, ha visto también semáforos, pero para ella son sólo luces que titilan, son sólo colores que por momentos brillan, sombras y figuras sin nombre; tonalidades. Laila ignora muchas cosas pero tampoco las necesita saber. Ni pretende hacerlo.

Se confunde cuando camina sóla por la calle, y ya no sabe bien porqué camina sólo por la vereda. Se confunde cuando ve uno de los suyos. Su cabeza es un río de pensamientos que la hacen reflexionar de esa realidad que nunca fue; sólo quiere olfatear y generar un contacto, y generalmente se entristece porque sabe, intuye, que probablemente no vuelva a cruzarlo nunca más. Es un amigo de una sóla noche, de una sóla esquina, por eso lo olfatea hasta más no poder; incluso hace ruído con el hocico como queriendo adueñarse de ese aroma para así retenerlo y recordarlo, una y otra vez, hasta el cansancio.

Laila duerme mucho porque no encuentra muchas cosas para hacer, prefiere descansar y dormir, porque así sueña. Sueña con muchos otros, con una pradera grande, inmensa, para correr, correr como nunca corrió en su vida, sin límites ni dirección alguna. A veces sueña y hace ruidos que son como lamentos. Se acuerda de ese mes de vida en el que pasó sus días en una jaula, poniendo cara de bebé para que algún niño intrépido consiga convencer a su mamá lo linda que ella era.

domingo, 1 de agosto de 2010

Sueño

Sueño con tenerte a mi lado, con que de repente seas mía, al menos una noche. Con poder acariciarte hasta que mis manos se cansen, poder besarte hasta que mis labios se sequen. Sueño con verte a mi lado, adormecida, calma; sueño apenas con oir, sentir, tu dulce respiración. Con pegarme a tu suave figura y verte dormir en mi compañía, rodearte con un brazo y sentir el calor de tu cuerpo. Con que uses mi otro brazo de almohada, que lo acomodes como te guste y me robes las sábanas durante la noche. Y hasta que quizás ronques.

Sueño con levantarte sólo un poco la remera y hacerte cosquillas en la panza con húmedos besos: con recorrer tu silueta y encontrar, finalmente, tus finos labios dispuestos a pegarse a los míos. Con que me entregues tu cuello, y así tus cachetes, tu frente; con acariciar tu pelo y que no necesites peinarlo. Con encontrar tus ojos en el profundo silencio de la velada y que calles y callemos, que no digas nada porque ya todo esté dicho.

Sueño observándote toda la noche; con despertarte con un beso por la mañana y que ahí, recién ahí, hables para sólo preguntarme si no me molesta que te quedes.

domingo, 25 de julio de 2010

Guiones y tiempos

Esteban, ahora que estaba próximo a convertirse en padre y había encontrado a la mujer que creía que amaría por siempre, aquella con la que pensaba compartir el resto de su vida, se lamentaba por haber dejado pasar gran parte de su vida. Ahora que estaba próximo a convertirse en el hombre que siempre pensaba ser, ahora que ya lo tenía todo, un hogar, una esposa, hijos, quien sabe cuántos, ahora sí, se lamentaba por esa etapa perdida, desperdiciada.

Ahora que tocaba el cielo con las manos, Esteban no estaba seguro de haber hallado la felicidad, como le habían prometido sus padres. Y eso lo inquietaba. Peor aún: ¿había dejado que la felicidad se le pase volando por delante de sus ojos como le sucedía con el 141 en Acoyte y Rivadavia cuando se dirigía a trabajar? Esa pregunta lo atormentaba. Sentía, mejor dicho, empezaba a sentir, que las hojas de su guión ya estaban escritas; que su historia comenzaba a determinarse, a ser esa y no otra. Y eso lo angustiaba.

Esteban no tenía amigos y ese era un tema que nunca conversaba con su mujer. Con su mujer ni con nadie. Le tenía miedo, casi pánico a los psicológos. Tenía fija en su memoria una frase que alguna vez su dulce esposa, cuando eran apenas Esteban y Paula, le había comentado, casi en chiste: "Los psicólogos se harían un festín con vos", con una risita que a Esteban lo podía. La frase no le molestó porque provenía de Paula, de quien comenzaba a enomorarse, pero la tenía siempre presente. Paula, como siempre, tenía razón. Otros se la habían dicho, pero ya ni se acordaba quiénes ni por qué.

Hacía tiempo no pensaba en ellos. "Ya no eran sus amigos", decía. Hasta que lo invitron a un asado. Una invitación que no pensaba recibir. Una noche de buena comida, recuerdos, quizá cartas y algunos vinos "más o menos". El asado le encantaba, jugando a las cartas se consideraba un buen jugador, cerveza tomaba y el vino no lo convencía, pero pensó que podía llevar uno de "medio pelo" para arriba: el trabajo de oficina en un sucucho de Tribunales se lo permitía. El problema estaba en recordar. "¿Para qué recordar?", se preguntaba. Allí se encontraban sus miedos.

La invitación lo había perturbado. Tanto que hasta dejó de pensar en el casamiento, en la luna de miel, si por iglesia o por civil, de qué color las cortinas del baño y si había que comprar o no el cochesito para su bebe. Si había que comprarlo rosa o celeste para su hijo antes de saber si iba a ser nene o nena o había que esperar. "Compralo amarillo y no me rompas más con el cochesito", le dijo a Paula, en uno de esos días, dejando en evidencia una herida abierta que Paula sabía Esteban, sólo Esteban, podía cerrar. Comprensiva Paula.

Como Paula, que pensaba últimamente hacía cuánto tiempo su marido no le decía cuánto la quería, Esteban pensaba algo parecido: hacía cuánto tiempo que no se cagaba de risa. Estaba "hasta acá" de responsabilidades, decía mientras movía su mano derecha horizontalmente a la altura del cuello. Esteban no podía parar de pensar en qué hubiese sido de él si se hubiera comportado de otra manera. A las noches le costaba dormirse, se sentía sólo a pesar de los leves ronquidos de Paula, a pesar de que de un momento a otro se acurrucaría al cuerpo y al sudor de su amada. A pesar de estar acostumbrado a la soledad.

Su adolescencia, sus amigos, sus jodas, sus risas, sus llantos le daban vueltas y más vueltas. Retorcía sus pensamientos, los escurría, tratando de llegar a algo nuevo. De su memoria emergían mujeres, noches de alcohol, frustraciones, fracasos, algunas victorias, sus viejos. De algunos de sus amigos ya no se acordaba ni las caras. ¿Y si había sido él el culpable de tantos desencuentros? ¿Y si había sido él el culpable y no sus amigos, idea a la que siempre se había aferrado? Esteban temía esta posibilidad.

Mientras comía un pedazo de asado con la mano, manchándose dedos y traje como no lo hacía desde hace tiempo, Esteban, que volvía a ser Esteban y no el marido de su esposa ni el futuro padre de su hijo, hizo un ruido con su copa semi vacía, pidió parar las rotativas, y, habiéndose callado todos, dijo: "Los extrañaba, putos".

miércoles, 7 de julio de 2010

Cobardía

Se conocieron en una de esas fiestas de estudiantes, en el último año. Se conocieron por renombre; apenas charlaron, cruzaron sólo algunas palabras y unas pocas miradas; un sólo beso frío y distante. Antes, apenas se sabían el uno al otro; ni siquiera de vista se tenían. El Colegio era grande y no compartían horarios. "Un gusto", se saludaron aquella primera noche.

No volvieron a hablar después de mucho tiempo, pero cuando lo hicieron parecían viejos conocidos. Él se ilusionó fácilmente, aunque casi ni se acordaba de Julieta. Era, como antes, el renombre; el mantener vivo el recuerdo. Era, sin ningún lugar a dudas, el desafío del imposible. Porque "¿Qué era el amor sino eso, permanentes desafíos?", se preguntaba. También eran esos ojos celestes, ese pelo revuelto y oscuro... su mirada discreta, pequeña, aunque profundamente expresiva... su cuerpo perfecto. También eso, sí.

Como un niño que espera la llegada de Papa Noel, mantuvo el entusiasmo mientras conversaron Pero se quedó allí, no supo dar un paso más allá. Con la misma frialdad que se habían saludado esa primera noche, que quizá sólo él recordaba -no lo sabía-, Julieta le comentó, como quien comenta lo nublado de un día en otoño, que se iba del país, que se iba a cursar sus estudios superiores a Estados Unidos. Él no supo que responder. Fue un flechazo que no se esperaba, aunque debería haberlo hecho. De repente, no tenía todo el tiempo del mundo para conquistarla, ni para oirla. No se atrevió a decir nada. Apenas un: en cuánto tiempo. "La próxima semana", fue su respuesta, áspera y displicente, con la misma -casi- indiferencia de siempre, esa que lo hacía pensar en ella día y noche. Y ahí estaba toda la clave del asunto: en ese casi.

No se volvieron a hablar. Él seguía pensando cómo reaccionar: y así llego el último día. No se atrevía a llamarla. Estaba perdido, derrotado. Rememoró cada una de sus conversaciones con Julieta, cada intento frustrado de declararle su silenciosa pero terrible fascinación. El recuerdo de aquella noche en la que se habían conocido se hacía cada vez más lejano; sus ganas de revivirlo aumentaban a medida que el final se encontraba cada vez más próximo e inevitable, inexorable tragedia.

Revisando cada una de sus charlas, cada uno de sus pensamientos, diseñó una última estrategia, una última maniobra. Sólo había un sólo y único horario, día y lugar en que se podrían encontrar ellos dos. No había más que intentarlo. No podía hacer otra cosa. "No a esta altura", se decía a sí mismo, se convencía, siempre para adentro.

Estuvo a punto de ir a la esquina, de pasar por el bar y buscarla; como lo había planeado. Era la última oportunidad, el encuentro definitivo; la maniobra, el desenlace esperado. Creía implícito que de encontrarse allí, en ese sucio café en el que habían mantenido las pocas charlas que mantuvieron pero que sin embargo lo habían enamorado perdidamente, las palabras no harían falta. "Va a estar todo dicho", pensaba, maquinándose, alimentándose de un amor que nunca fue ni sería. Ya eran casi las 5, y estaba caminando, impaciente, hacia la esquina en la que -pensaba- encontraría a Julieta o la perdería por siempre. Pensaba demasiado.

Y dudó. Dudó y se preguntó: "¿Cómo puedo pensar que me va a dar bola? ¿A mí, justo a mí? Con esa figura hermosa que tiene, esos ojos preciosos...". Y sí, casi que no la conocía a Julieta, en eso tenía razón. Pero no era ella. Era su renombre, su figura; su recuerdo el que lo hacía creer en que podría llegar a conseguir esa figurita imposible, esa del album que siempre le había faltado y que hoy representaba Julieta.

La recordó, nuevamente, como en tantas de sus noches frías y solitarias, y luego de un largo suspiro, dio medio vuelta, arrepentido de sus pensamientos y sentimientos, y se volvió a sus tristes sábanas, sabiendo que nunca más la volvería a ver: "Ahora sí, vas a tener que olvidarte", se repetía a sí mismo.

A las 5 y cuarto, Julieta miró a ambos costados y decidió irse.

sábado, 3 de julio de 2010

Dios no existe

Nos engolosinamos. Creíamos que con los tres delanteros chiquitos y picantes de adelante podíamos derrotar a una Alemania como antes cayeron Nigeria, Grecia, Corea. Pero no. Ya con México el equipo tambaleó, y sólo un error del línea cambió el partido. Fuimos un equipo de milagros, desde el primer momento. Desde el gol a Perú con Diego tirándose de palomita, hasta el gol de derecha en un rebote de, nuevamente, el Salvador, el Gran -y sobran los apodos- Martín. Era la resurrección, de Diego, también de Martín. Ese gol era insuficiente; nos reservamos las lágrimas porque creíamos en un final feliz. Creíamos todos que el final de la película del Titán podía ser aún mejor. Todos creíamos que se podía, si arriba estaban los mejores: el mejor del Barsa, el mejor del Real, el mejor del City. Pero a Alemania había que jugarle de otra manera. Le dejamos a un equipo con oficio el mediocampo, le regalamos la pelotita. Nos cegamos. Y claro; si antes fueron todas goleadas. ¿Porqué no contra Alemania? Cómo no ilusionarse. ¿Porqué no demostrarle al primer mundo que nos podíamos parar de igual a igual? Con el mejor jugador del mundo, y con el más grande de todos los tiempos en el banco, cómo no ilusionarse. Con Dios en el banco, otra era la cuestión. Pero no, el fútbol es simple. ¿Y Dios? No existe.

martes, 29 de junio de 2010

Dani

Daniel saluda con la mano "porque los hombres se saludan así". Mientras la ciudad se comienza a iluminar artificialmente y las paradas de colectivos se llenan de personas esperando volver a casa, la jornada laboral, para otros, recién comienza.

Es martes y Carlos, que atiende sólo un kiosco de diarios y revistas en la esquina de Rivadavia y Callao, no quiere saber nada a las nueve de la noche. Sólo quiere cerrar lo más rápido posible el local e irse a su casa, pero se excusa: "Si hubieses venido antes".

Ricardo dice exactamente lo mismo, aunque con una leve sonrisa. Es mozo hace más de 10 años y hoy trabaja en La Americana, famosa pizzería de Callao al 100. "A esta hora estamos hasta las pelotas", dice. Los dos chicos encargados del delivery están parados en un rincón; no hablan ni se ríen. Uno de los dos explica: "No podemos hablar, ¿sabés como nos controlan acá?", en un tono que lo denuncia.

Miguel, joven universitario de 20 años, terminó el primer cuatrimestre de la facultad ayer y hoy quiso salir con su chica al teatro, pero no consiguieron entradas. Ahora espera con su novia por la función de Carancho de las 21.50 del Cine Gaumont, ahí en Rivadavia.

Daniel, quien no descubre su nombre hasta el final de la charla, camina solo en la entrada del cine. Canta en voz alta. Sólo. Luego explica: "Me gusta cantar cuando estoy solo para olvidarme de las cosas". Canta Sólo le pido a Dios, de los Pibes Chorros, porque dice sentirse identificado.

Daniel pide monedas, aunque "siempre con respeto y dignidad". Tiene la misma edad que Miguel, pero su "suerte" es otra. Vive en Glew con su familia, que es la única que lo apoya. Dice sentirse bien, aunque a veces sufre la soledad.

Pide monedas en la entrada del Gaumont porque ahí puede juntar unos mangos para comer y tomarse una gaseosa, cuenta mientras muestra una de sus manos llena de monedas. Luego dirá, con total sinceridad, que a veces se droga, aunque trata de que no le genere dependencia: "Una droga fuerte, que te seca los labios", dice mientras enseña los suyos, como gastados. "Pipa", dijo, o algo así.

Ya es tarde y dice que quizá hoy se quede en Plaza Congreso, frente a los cines. Repite todo el tiempo no estar triste, aunque sí le genera bronca que no lo ayuden. Lo que más le indigna de su situación es que le arrojen las monedas al piso. "Con unas monedas, no tengo que salir a robar". Cuando lo hace, aclara que a pesar de todo lo hace, otra vez, con respeto, "sin matar ni herir a nadie", y se diferencia de "los otros": "Soy un pobre con orgullo, tengo códigos".

Daniel quiere conseguir trabajo en un bar, pero sabe que las cosas están difíciles. Me aprieta fuerte la mano, dos veces, y me desea suerte. De lejos escucho: "¿Me convida uno, señorita?". Doy media vuelta y la muchacha le entrega un cigarro; Dani me ve y me guiña un ojo.