jueves, 7 de octubre de 2010

Reflejos

Al principio te creía hermosa, espléndida, perfecta. Me gustaba tu voz, tu cabello, tu forma de vestirte, tus ojos, tus cachetes. Me gustabas vos, me gustaba todo lo tuyo; lo bueno y lo no tanto. Me gustaban tus pañuelos, tu panza, tus kilitos de más. Podíamos pasar días enteros solos, besándonos, mirándonos, charlando de esto y aquello, de la vida, del futuro, de cosas grandes, pero también de las pequeñas: qué nos íbamos a cocinar, si milanesas con puré o papas fritas, o si quizá nos pediríamos una piza para no lavar. Podíamos pasarnos horas haciendo nada que lo disfrutábamos como a ninguna otra cosa.

Luego empecé a ver algunas cosas que no me agradaban, que antes no veía. Pero no me importó. Percibía en vos cierta inseguridad, algo de inmadurez. Había algo que no me gustaba en la relación, pero eran solo momentos, ocurrencias. Las virtudes se transformaron en defectos. De a poco, vos empezaste a notar lo mismo. Ciertas actitudes, algunas respuestas fallidas; cosas que antes no pasaban, o si pasaban, eso; solo pasaban. Solo eran nimeidades, trivialidades, respecto a lo que estábamos y habíamos construído.

El problema estuvo cuando todo lo malo lo quisimos cambiar.

3 comentarios:

Un silencio que nadie escuchó. dijo...

Es que es tan cierto eso último que escribiste. Gracias a lo malo esta lo bueno, es un equilibrio que no tiene que ser desequilibrado, por eso nosotros tenemos virtudes y defectos, los cuales hay que aceptar tal y cual son. Me gusto mucho la entrada, suerte !

Ayelen Evangelina Ponce Cativa dijo...

tiene que existir un equilibrio a pesar de las cosas buenas o no tan buenas que tenga, aceptarlo, comprenderlo,apoyarlo, amarlo por sobre todas las cosas..
desde ya un saludo!

Maria dijo...

el problema:
cuando lo invisible se hace notorio pero insignificante,
luego se hace llamativo y desconcertante,
hasta ser determinante... y fulminante