martes, 7 de junio de 2011

Gotán /el otro final

-¿Usted es el dueño de un perro que se perdió en Pinamar?

Al otro día, Miguel preparó un bolcito y se fue para allá. Lo habían contactado desde una veterinaria, en donde, decían, su perrro estaba "en perfectas condiciones". Gotán, que había sido encontrado deambulando por la playa, se había ido, aparentemente, detrás de una perrita y, según versiones no oficiales del dueño de la clínica, había alcanzado las costas de la ciudad vecina de Villa Gesel.

Miguel ni siquiera llamó al laburo para avisar que se iba, ni llegó tampoco a avisarle a su mujer. Era tanta la felicidad que simplemente se fue. Cree incluso que fue uno de los viajes más cortos a la costa, con un tiempo récord de tres horas y veinte minutos.

Dar con la veterinaria no fue difícil. Gotán, que estaba atrás, todo bañadito, suave y perfumado, se acercó enseguida, antes de que Miguel saliese del auto, indicándole con sus ladridos que ese era el lugar correcto. Es que reconocía Gotán que el sonido del motor que se aproximaba era el de su camioneta.

Aunque ya viejo, Gotán puso su cara de mayor felicidad y se lanzó a las piernas de Miguel con esa vitalidad que no tenía -o no demostraba- hacía tiempo, acariciándolo torpemente con el hocico, empapándolo de su babosa alegría.

No había dudas. Miguel era su dueño y Gotán era el Gotán de los carteles del centro de Pinamar, ese perro que había sonado en las radios pero que nadie había visto y que se había hecho infelizmente famoso.

Por primera vez en la historia Tango-al-revés estaba peinado como uno de esos perros de su raza que aparecen cada tanto en animal planet. Por primera vez, no tenía olor a encierro, ni a sucio ni a nada eso, aunque Miguel lo prefería; no le gustaba peinar a sus perros ni bañarlos como a personas, menos que menos ponerles perfumito. Gotán era un perro, su compañero, no su mascota, repetía. Es más, si alguna vez quisiese, podría irse bien a la mierda, lejos de él, eso establa claro. Pero el problema era que, esta vez, temía que Gotán no se haya perdido por decisión propia sino por una cuestión de simple estupidez. Y eso lo había hecho pelota.

El veterinario interrumpió, implacable, el cálido encuentro luego de más de un mes y dos semanas de pensamientos oscuros. Luego de comentarle algunas cosas relacionadas con su estado y cómo habían dado con él y bla, fue al grano: "Son $600 en total", pasó factura.

Miguel quizás en otra situación lo habría mandado bien alareputamadrequeloparió, pero sus ojos estaban brillosos todavía. En otra ocasión, le hubiese dicho: cómo podés hacer negocio con la desgracia ajena (le habían hablado hasta de un spa y un baño de inmersión -sólo faltaba que le cobren un psicólogo animal, decía-). Pero, al verlo gordito y bien alimentado, se contuvo. Miró a Gotán, que seguía enrredándose entre sus piernas, cazó la billetera y gatilló.

Lo subió, por primera vez en la historia, en el asiento de adelante.


2 comentarios:

LeaN BuKa dijo...

...menos mal. Era lo que estabamos esperando

tecontaretodo dijo...

Qué buena historia :D
Habría que preguntarle al perro si le pareció bien que lo pasaran por agua por culpa de una perra. Yo creo que su dueño realmente lo salvó... del agua y jabón, y de la perra que digitó su destino.
Miguel, hiciste lo correcto.