lunes, 14 de julio de 2014

Cerrar la herida



Suena el pitazo a través de la tele. Terminó el partido. 122 minutos después. Se acabó. No va más. Alemania campeón, Argentina segunda. Duele, lastima. No hay nada que hacer. Nos miramos a los ojos. Algunos se tapan las caras con las dos manos, otro palmea al compañero. Un silencio dura años. Hasta que uno se le anima: “La puta madre que lo parió”.

Algunos se paran, salen al balcón. Es de noche ahí afuera. El tipo que estaba izando la bandera en la terraza de una torre de 14 pisos ya no está. En diagonal, el balcón del octavo está vacío.

Era un estadio ese mismo lugar en el entretiempo. Los ecos retumbaban, aparecían de allá y de acá, los pájaros volaban, desconcertados.

Otros se quedarán quietos un rato más, tratando de explicar por qué no, qué pasó, qué nos pasó, “si estuvimos tan cerca…”.

Pasan dos, tres, minutos más. Muchos seguimos mirando la pantalla. “¡Qué gol de mierda!”. La corrida de Schurrle por la izquierda no se borra y encima la tele la repite una y otra vez, la misma escena. “Faltaba tan poquito, tan poquito la puta madre".

Hay varios que todavía no reaccionamos. Un abrazo duele pero reconforta

– Qué cerca estuvimos… qué cerca estuvimos.

– Y bueno, dejamos todo.

Latorre se escucha a lo lejos y parece dar en el clavo, en lo más hondo: “Se perdió en equipo”. Tiene razón, el tipo. Once fieras.

Argentina recibe la medalla, Messi otro trofeo más, nosotros aplaudimos, los alemanes aplauden. Los alemanes, que nos dejaron afuera en el 2006 en los penales, que en el 2010 nos golearon y que le metieron 7 a Brasil y querían hacerles 10 más. Merkel está ahí. Los alemanes que…

¿Y ahora qué? Todos en el balcón, nos lo preguntamos. Alguno agarra la coca, otro la birra, parecen las 12 de la noche pero son apenas las 7 y media. Un grito lejano retumba en las medianeras y sube como un remolino, como una tromba: “Qué importa Argentina, ¡brasilero vos te comiste siete!”. Nos sonreímos y festejamos.

– ¿Y ahora qué hacemos?

– Vamos todos juntos, no sé.

– Vamos al Obelisco, ya fue, vamos a caminar.

Salimos. La calle. Uno vuelve a la pensión, otro se va con su novia. Quedamos once. Un grupo pasa en frente de fiesta, con gorro, bandera y bincha, y cerveza: “Brasil, decime que…”. Sale. Cantamos el himno.

El partido no terminó. Hay que cerrar la herida o la ilusión, no sé. Mientras, nos damos manija:

– No puede ser que perdimos. No puedo explicar lo que siento.

Diálogos y consuelos increíbles, los mejores en mucho tiempo. Irrepetibles, únicos. Una amiga responde:

– Es que no tiene palabras.

Llegamos a Santa Fe, se tira la de ir hasta Corrientes pero la corriente nos lleva. Apenas pasan autos. Una mano de la avenida es un río de gente que avanza como un torrente. “El que no salta, ¡es alemán!”, gritan unas pibas que pasan corriendo y saltando, pero las voces de los cánticos ya no son de tristeza o desazón, sino de otra cosa. Por allá se prenden con el cántico; por acá se prenden uno.

Pasa un 106, lleno. El bondi salta, va a los brincos. “Esto en Alemania no pasa ni en pedo”. Le sigue un insulto que le da potencia a la frase. Hay un tipo disfrazado del papa, unas chicas le piden foto, el tipo las abraza, y otro se desquita: “Francisco, andá a la reputísima madre que te parió”. Así, seco, el hombre sigue su marcha, altura Ayacucho.

Cada vez más cerca, más gente, menos autos, más bocinazos y trompetas.

– Eu, doblamos ahora

– Dale, dale, vamos a Corrientes

– Vamo’, vamo’

Giramos en Rodríguez Peña. 10 cuadras de paz. Noche oscura, poca gente, el partido vuelve como un eco que resiste y no se irá fácilmente. Que quizás hasta no se irá jamás.

– Lo perdimos en una que nos desconcentramos – dice uno y la charla no tiene fin: que cuántas nos erramos; que era nuestro, sí; que lo tuvimos; que lo dejamos pasar; que…

Qué bronca, qué bronca por Di María. Era de él la final, era suya. Fideo, si sos lo más grande que hay, digo en voz alta.

Corrientes. La calle completamente nuestra. Unos vienen, otros van. Algunos están decididamente alegres, a otros la caminata les pesa pero la marcha sigue como una peregrinación. Hay cámaras, banderas. Se venden pósters de Neymar, birra a quince pé. Nosotros, ahí vamos. Si no hay fuerzas o razones para cantar, alguna mirada te contagia.

Llegamos al Obelisco. Acá estamos. Nos detenemos. Nos miramos. La jarra gira. Lo que era pesadez ahora es: y bueno, acá llegamos, qué le vamos a hacer.

– Y si ganábamos, imagínate lo que era esto – ¿Derrota? Hay gente por todos lados. ¿Fracaso? Fiesta.

Decidimos seguir. Vamos por el costadito. Una bandera en la pared, fácil diez metros por tres: “La gloria es nuestra, le paramos la pelota a los buitres”. ¿Es así? ¿Griesa falló a favor? ¿La gloria es nuestra? Brasil perdió 7 a 1.

– Brasiiilll, decime…

Una palmada en el hombro, mi amigo Gabino.

– Che, ¿desde la sociología se intenta explicar todo esto? ¿Hay manera de explicarlo?

– Hay mucho, seguro. Es romper con la idea de que la economía lo determina todo. Es una locura, pero son las mentes, las mentes y cómo están trabajadas las cabezas. Todo pasa por acá, por acá. Hay algo religioso en todo esto.

– Posta… es una religión, el fútbol es una religión.

La pregunta me deja pensando. Todos detrás del símbolo. Ficciones, dijo una eminencia por los medios. Ficciones que son realidad, que son materia. Que se hacen cuerpo.

Acá estamos. En La Meca.

Logramos atravesar la vereda, pasamos un kiosco de revistas y una imagen se queda grabada. Hombre y mujer, veintipico, treinta años, bebé en brazos, tatuajes, gorrita, un cochecito viejo con otro pibe adentro y una vincha de la celeste y blanca. La familia vino quién sabe desde dónde, pero acá están, acá estamos. Ellos están quietos, miran para un lado, para el otro, de repente cantan. El pibe duerme.

Vamos Argentina, carajo. Uno pasa el vino, otro lucha con la tuca. Está peleado. Como Argentina-Holanda, como Argentina-Alemania. ¿Cómo Argentina-Alemania? La puta madre, ¡qué cerca estuvimos!

Diez minutos...

¡Diez minutos!

“Hay que saltar, hay que saltar, el que no salta, es alemán”, el grito sube una, dos veces, tres. En la tercera el cántico afloja, parece que está pronto a su fin, pero en el comienzo de la cuarta toma un giro inesperado, como la bocha de Messi contra Irán, como el rebote en el palo contra Suiza, como la… (ay, ¿serán ya solo recuerdos?): “El que no salta, es un inglés, el que no salta es un inglés”. Fiesta, delirio; la cosa toma ritmo. No da la vista, no da el corazón. Las personitas se convierten en una masa coordinada de saltos y empujones. El que no salta, es un inglés, el partido no terminó.

Un amigo se aparece, justo ahí, delante, entre la marea. Me mira fijo, lo miro. Me sonríe. Lo abrazo. Fuerte, interminable. Infinitamente. Nos vimos y nos vemos poco, pero hay un cariño ahí muy grande. Un respeto lindo.

– ¡Qué cerca estuvimos, la puta madre!

– Boludo, no lo puedo creer, no lo puedo creer – dice quebrado y se lleva la cara a la mano, se refriega los ojos avidriados – Vine solo, no sabía qué hacer.

– Esto, chabón, esto. Estar acá. Qué grande. ¿Y? Tuvimos tantas, ¡tuvimos tantas!

– ¡Lo perdimos nosotros!

Nos volvemos a mirar profundamente, hay un silencio entre nosotros, alrededor quilombo, bombo, bocinas…

– La de Palacio, la de Higuaín...

– ¡La de Messi!

– La de Messi…

Nos quedamos callados un instante, por primera vez sonreímos.

– Viejo, voy a seguir caminando – ¿O dando vueltas, me dijo? No me acuerdo. Un abrazo y se va y se pierde en segundos.

Vuelvo con los pibes. Hay que dar la vuelta; la vuelta al Obelisco.

– Vamos.

– ¿Vamos?

– ¡Vamos a dar la vuelta! ¿para qué estamos acá? – suelta y acompaña el Gabo, grande Gabo.

Sale la vuelta: barro, empujones, fiesta aquí y allá, manos y brazos en movimiento, cánticos nuevos, calor, color, agite, aliento, vamos Argentina. No importa nada. Suena: “A Messi lo van a ver, la Copa que va a traer...”, y hay como un respiro, por un instante todo se detiene y ahí sí, todos de pie: “Maradona es más grande que Pelé”.

¡Vamos Diego, carajo!

Seguimos caminando. En 30 metros nos perdemos entre cinco y seis veces. Que vamos por acá, por allá, que por acá es imposible pasar. Hay un cordón, algo raro. Vuela una piña, también una botella. Hacemos la de Rojo a Robben, la de Messi a la defensa suiza y tiramos la diagonal.

Alejados dos pasos, la música sigue. Hay 20 subidos a las rejas, no se para un segundo. Cuanto más cerca, más hay que alentar. Los brazos se agitan con las últimas fuerzas, pero todavía queda resto.

Listo, acá estamos. Nos miramos. Cantamos. Queda solo birra. Aparecen dos amigas, en bici.

– Nos cambió la cara, esto es una locura – Y una hermosa. Había que cerrar esta herida o esta ilusión, o bajar, o subir, no sé, no lo sé. Vamos Argentina.

Las saludamos, nos ponemos en ronda. Quedamos cuatro. Mascherano, Rojo, Romero y Di María.

El aire es otro, después de la vuelta. Algo cambió.

– Qué bueno que vinimos, loco.

Es momento de volver, ya está. Cumplimos, hicimos el rito pagano. Es hora de volver a casa, cuando de repente, un empujón nos tira para atrás. Segundos después, otro, más grande. La gente se corre, no se entiende qué pasa. Trato de entender: solo veo una cabeza, un tipo en cuero con una botella en la mano, corriendo. Nada más. "Corrámonos". Nos corremos. Parece el mismo tumulto que en el otro lado pero mucha más gente. Decidimos irnos.

Éramos 30 en el departamento de la abuela de un amigo; 11 arrancamos y acá estamos, los últimos 4. Emprendemos el regreso, los pensamientos van y vienen, y hasta se contradicen: que no importa, que lo perdimos nosotros, que podríamos...

El celular de Fede interrumpe. Es su novia. Preocupada, nos cuenta lo que están pasando por la tele: gases e incidentes. No lo podemos creer. Si era un fiesta.

Termino de escribir esto a la noche. Mascherano seguramente dejó la frase del Mundial: "Quiero dejar de comer mierda". Por mi parte, llegué a casa, no quise mirar ni prender nada y me puse a escribir, hermosa terapia, tratando de entender, en vano, qué carajo había pasado, qué carajo había terminado. Lo que viví en el Obelisco fue una fiesta, esa era la única certeza. Y me quedo con la charla, eterna, con mi amigo Pipa.

– Y bueno, esto nos dio el Mundial: volver a vernos, volver a juntarnos, los asados…

Y tenía razón, sin dudas tenía razon. Pero ¿y si ganábamos, y si ganábamos Pipita?

Foto: Contra Luz Fotografía / Colectivo Fotográfico

martes, 24 de julio de 2012

La despedida

El espectáculo no recuerda si fue ayer o si no fue. Está en el camarín. Plena oscuridad. Mucho olor a tabaco. A porro. Dos vasos de whisky en la mesada. No sabe. Entonces se despierta, se para con dificultad y al salir cierra la puerta con fuerza. El ruido rebota, retumba. Se expande. Se extingue. Un eco. No hay nadie. Unas vueltas y una escalera. Unos seis escalones que recuerda levemente. No, siete. Tropieza. Está arriba. Ve asientos. Muchos. Un tumulto. ¿Se lo imagina? Un micrófono. Se acerca. Lo ubica en su boca. Va a hablar. Algo lo detiene. "Hablar al micrófono es una responsabilidad", se retrasa. Piensa. Alguien le dijo esa frase. No recuerda quién. No importa, no sabe. El olor a tabaco. Nuevamente. A porro. El humo quieto, el ambiente denso. Va a hablar. Esta vez sí. Está decidido. Un sonido agudo se desinfla. "El show se ha terminado, mis amigos", devuelve el eco una vez. Dos veces. Tres. El espectáculo no sabe si terminó o no. No sabe si fue. O es. ¿Se lo imagina? No recuerda. "...es una responsabilidad". Entonces una reverencia. Las butacas no responden. Sólo el eco. Da media vuelta. Son siete. Sí, son siete. Antes de abandonarlo, mira nuevamente el salón. "Adiós", se despide. Un silencio y una sonrisa en la última butaca.

lunes, 23 de julio de 2012

El viejo de las plantas

La primera vez que lo vi pasé de largo, pero era evidente que no era un vendedor más. Estaba escondido, entre dos paradas de colectivos, entre el humo, el ruido y las cientos de personas que caminaban de un lado para el otro, esperando con paciencia que alguien se interesase por sus modestos plantines. Frente al Parque Rivadavia había un lugar, un espacio pequeño, casi marginal, para esos colores.

Las primeras semanas sólo lo observé. Sentado en su sillita de plástico, esperaba callado con la mirada distraída que alguien se pusiese a observar sus extrañas plantitas. Recién ahí se acercaba en el momento preciso y explicaba cuáles eran las del día, porque nunca de los jamases ofrecía las mismas. La mayoría de quienes se paraban ya lo habían hecho. Sus clientes eran habituales y mantenía conversaciones con cada uno de ellos. "¿Hoy qué tenés, Roberto?", "¡Qué linda ésta!", "¡Se llevaron todas hoy!", le decían una y otra vez.

Así fue que un día, con tiempo, me puse a observar cada una de las plantas dispuestas con especial prolijidad encima de la heladera. Había sobre todo suculentas o crasas -plantas con hojas gordas que  retienen el agua- y algunos cactus. Todas en vasos de plástico, botellas cortadas y envases de telgopor, lo que les daba un aire rústico y casero. "Mi mujer es la que sabe y cuida el jardín, yo apenas entiendo un poco", se sinceraba con humildad.

Esa tarde no me convenció ninguna, pero, sabía, pronto volvería. Con más plata en la billetera y un poco más temprano, cosa de poder elegir. No le había preguntado si estaba siempre, si el oficio de vendedor de plantas era una salida económica, ocasional a un mal momento, o una verdadera pasión. Cuando lo volví a ver, no hubo dudas.


Sentado en ese pequeño recoveco a la espera de una venta que lo hiciese recuperar el mal día, como me diría después, Roberto me esperaba paciente. Y regalaba oxígeno entre tanto cemento. Una paloma se situaba en una de sus piernas, sintiendo y aprovechando su tranquilidad.

Entonces me explicó, una por una, cuáles eran las que ese día había decidido traer; cuáles sus cuidados y cuáles sus precauciones. En la duda por cuál llevar, me recomendó una en especial que no parecía muy prometedora: "Da unas flores azules hermosas, te la recomiendo". Tampoco sabía su nombre, pero ante la insistencia accedí y la llevé. Confié.

Semanas más tarde, y adecuada a su nuevo hogar, comenzó a estirarse y a echar nuevas hojas y raíces. Un mes después, el envase de plástico quedó chico. Y hubo que meter mano. Mi primer trasplante, entonces, resultó exitoso: la planta sin nombre siguió creciendo, con un impulso loco por crecer casi furioso y el sueño loco de tocar el cielo.

Sin embargo, la planta continuaba sin dar señales de flor alguna. Tampoco dejaba notar su identidad. Nadie sabía de qué especie se trataba ni de dónde era originaria. La posibilidad, así, de que el viejo de las plantas resultase un mentiroso comenzaba a tomar cada vez más cabida. En el deseo de vender, el viejo, más allá de su simpatía, podía recurrir a ese recurso. ¿Por qué él habría de escapar a esa lógica, por qué él no habría de hacerlo?

"Es un yuyo, ¿quién te la vendió?", preguntaban con asco algunos. Otros, más directos, opinaban: "No hay dudas, el viejo te cagó".

En la desesperanza total, lo comprobé. El viejo me había mentido: la planta, la ruellia brittoniana en su nombre científico o petuña mexicana en el más vulgar, jamás iba a dar las flores que él había prometido. Su genética estaba destinada a dar otros colores. La primera flor violeta aguantó un par de días. Cuando cayó, otras diez la reemplazaron.



sábado, 21 de julio de 2012

El Hombre Unidimensional

Lo dijo Freud: todo progreso de la civilización nos genera malestar, cierta insatisfacción que proviene de la dificultad de llevar adelante y actuar de acuerdo a nuestros instintos o pulsiones. La cultura, había dicho Freud, exige al individuo que renuncie a satisfacer sus pulsiones, principalmente eróticas.

Marcuse lo corrige después. Lo corrige o avanza sobre sus conceptos. No los deshecha, sino que los reconceptualiza. Su principal crítica es que el fundador del psicoanálisis convierte contingencias históricas en necesidades biológicas y así naturaliza lo social. Dice: cierta represión fue necesaria para toda organización social del hombre, es cierto, pero hay otra represión, hoy cada vez en aumento -más peligrosamente en aumento-, que complementa a la anterior: la represión excedente, que caracteriza la sociedad en la que vivimos y la cual es necesario y urgente advertir y revertir. Esto Herberto lo escribe, lo piensa y analiza para la sociedad norteamericana de mediados del siglo XX: Estado de Bienestar, posguerra, altos índices de empleo y, sobre todo, consumo creciente.

Desde el corazón mismo del capitalismo nos lo advierte. Quizás sea este su párrafo más claro, de uno de los libros más clásicos e interesantes de teoría social, El Hombre Unidimensional:

"Y es aquí donde la llamada nivelación de las distinciones de clase revela su función ideológica. Si el trabajador y su jefe se divierten con el mismo programa de televisión y visitan los mismos lugares de recreo, si la mecanógrafa se viste tan elegantemente como la hija de su jefe, si el negro tiene un Cadillac, si todos leen el mismo periódico, esta asimilación indica, no la desaparición de las clases, sino la medida en que las necesidades y satisfacciones que sirven para la preservación del "sistema establecido" son compartidas por la población subyacente".

Lo que él vislumbra es, en suma, una "sociedad administrada", en donde la mejor autoridad, la mejor de las represiones necesarias para el sistema, la ejerce la propia conciencia, la forma moderna y por excelencia de control del yo (¿el superyo según la segunda tópica de Freud?). Donde el poder dejó de ser meramente represivo hace rato -aunque, está claro, nunca éste se presente completamente desnudo jamás-. Donde ya casi ni necesita ser violento... Un poder positivo y productivo, casi sutil.

Continuará...