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lunes, 23 de julio de 2012

El viejo de las plantas

La primera vez que lo vi pasé de largo, pero era evidente que no era un vendedor más. Estaba escondido, entre dos paradas de colectivos, entre el humo, el ruido y las cientos de personas que caminaban de un lado para el otro, esperando con paciencia que alguien se interesase por sus modestos plantines. Frente al Parque Rivadavia había un lugar, un espacio pequeño, casi marginal, para esos colores.

Las primeras semanas sólo lo observé. Sentado en su sillita de plástico, esperaba callado con la mirada distraída que alguien se pusiese a observar sus extrañas plantitas. Recién ahí se acercaba en el momento preciso y explicaba cuáles eran las del día, porque nunca de los jamases ofrecía las mismas. La mayoría de quienes se paraban ya lo habían hecho. Sus clientes eran habituales y mantenía conversaciones con cada uno de ellos. "¿Hoy qué tenés, Roberto?", "¡Qué linda ésta!", "¡Se llevaron todas hoy!", le decían una y otra vez.

Así fue que un día, con tiempo, me puse a observar cada una de las plantas dispuestas con especial prolijidad encima de la heladera. Había sobre todo suculentas o crasas -plantas con hojas gordas que  retienen el agua- y algunos cactus. Todas en vasos de plástico, botellas cortadas y envases de telgopor, lo que les daba un aire rústico y casero. "Mi mujer es la que sabe y cuida el jardín, yo apenas entiendo un poco", se sinceraba con humildad.

Esa tarde no me convenció ninguna, pero, sabía, pronto volvería. Con más plata en la billetera y un poco más temprano, cosa de poder elegir. No le había preguntado si estaba siempre, si el oficio de vendedor de plantas era una salida económica, ocasional a un mal momento, o una verdadera pasión. Cuando lo volví a ver, no hubo dudas.


Sentado en ese pequeño recoveco a la espera de una venta que lo hiciese recuperar el mal día, como me diría después, Roberto me esperaba paciente. Y regalaba oxígeno entre tanto cemento. Una paloma se situaba en una de sus piernas, sintiendo y aprovechando su tranquilidad.

Entonces me explicó, una por una, cuáles eran las que ese día había decidido traer; cuáles sus cuidados y cuáles sus precauciones. En la duda por cuál llevar, me recomendó una en especial que no parecía muy prometedora: "Da unas flores azules hermosas, te la recomiendo". Tampoco sabía su nombre, pero ante la insistencia accedí y la llevé. Confié.

Semanas más tarde, y adecuada a su nuevo hogar, comenzó a estirarse y a echar nuevas hojas y raíces. Un mes después, el envase de plástico quedó chico. Y hubo que meter mano. Mi primer trasplante, entonces, resultó exitoso: la planta sin nombre siguió creciendo, con un impulso loco por crecer casi furioso y el sueño loco de tocar el cielo.

Sin embargo, la planta continuaba sin dar señales de flor alguna. Tampoco dejaba notar su identidad. Nadie sabía de qué especie se trataba ni de dónde era originaria. La posibilidad, así, de que el viejo de las plantas resultase un mentiroso comenzaba a tomar cada vez más cabida. En el deseo de vender, el viejo, más allá de su simpatía, podía recurrir a ese recurso. ¿Por qué él habría de escapar a esa lógica, por qué él no habría de hacerlo?

"Es un yuyo, ¿quién te la vendió?", preguntaban con asco algunos. Otros, más directos, opinaban: "No hay dudas, el viejo te cagó".

En la desesperanza total, lo comprobé. El viejo me había mentido: la planta, la ruellia brittoniana en su nombre científico o petuña mexicana en el más vulgar, jamás iba a dar las flores que él había prometido. Su genética estaba destinada a dar otros colores. La primera flor violeta aguantó un par de días. Cuando cayó, otras diez la reemplazaron.



martes, 1 de noviembre de 2011

La planta fetiche

Estaba entusiasmado porque veía que crecía y que, como con un impulso loco por alcanzar el cielo, la planta se hacía cada vez más alta. Pero un día, como de repente, no creció más.

Tampoco se marchitaba, pero era como si de un día para el otro hubiese dejado de haber vida dentro suyo. Eso es lo que creía él, quien esperó unos días en vano a ver si, como él a los 15, necesitaba esperar un tiempo para pegar el estirón, pero no.

Probó con más agua, más tierra y hasta la trasplantó a una maceta más grande, linda y limpia, pero no, nada cambió. Probó cambiándola de lugar, haciendo que le llegue más luz, mejor luz, y hasta fabricándole un techito para protegerla del fuerte viento de la primavera y demás inclemencias del tiempo, pero ni con eso su querida, y cada vez más querida planta creció. Seguía en sus pequeños 15 centímetros y no había señal alguna de crecimiento; ni una hoja que se moviera, ni una raíz que sobresaliese, nada.

La planta estaba muerta, llegó a sentenciarle a un amigo, lo cual, claro, no tenía sentido: el tallo seguía firme y sus hojitas verdes, verdes como siempre, verdes como el primer día. Muy por dentro suyo había vida, o algo que se le pareciera, sin embargo no encontraba respuestas. ¿Acaso había hecho algo mal? Y en todo caso, ¿qué?

Desesperado, buscó en la biblioteca un libro viejo que le había regalado su abuelo en uno de sus cumpleaños de pendejo -ya ni recordaba cuál-. El libro no lo había abierto nunca, pero recordaba su título y su foto, en el centro perfecto, de una huerta de hortalizas: "Cuidados y consejos para una huerta", se llamaba, como para abrirlo.

Tardó dos días en encontrarlo. Entonces lo abrió, le sacó el polvo y buscó consejos, recomendaciones para su triste plantín. Todo lo había intentado ya, sentía. El libro, como la ciencia y la wikipedia, carecían de respuestas.

Siguió buscando en internet. Compró fertilizantes y hasta quita moscas y mosquitos, que aplicaba con rigurosa meticulosidad, como lo indicaban los envases. Preguntó en los viveros de su barrio a ver si algún jardinero, algún vendedor experimentado tenía una solución, pero eran pocos los que se interesaban. Algunos, sorprendidos por el caso, le explicaban: "Jamás vi ese síntoma". Otros directamente no lo creían: "No puede ser".

Sin embargo, él la medía con regla y los quince centímetros eran los mismos desde hacía meses.

Él se los explicaba inútilmente: que la planta no crecía ni se achicaba, que no cambiaba de color ni agrandaba sus hojas, pero no había caso. Ni era cuestión de insistir. La tierra, con más agua o menos, daba igual. Todo era lo mismo.

Tenía algunas otras macetas, que cuidaba de la misma manera, y todas estaban bien, salvo esa. Mientras aquellas crecían, o justamente por eso, la planta rebelde se convirtió en su planta fetiche.

Hasta que llegó un día que, finalmente, Juan se rindió. Fue casi de repente.

Compró otras plantas, algunas especies, y sembró algunas flores exóticas, que regó con un renovado amor. Todas crecieron rápidamente, derechitas y con una vitalidad ejemplar. Todas firmes hacia arriba, exuberantes y plenas.

Se las mostró a sus amigos, a sus familiares. Su huertita era, nuevamente, un orgullo. Conocía más de cientos de especies distintas, tenía montones de macetas, de tierras distintas, de semillas por germinar y abonos imposibles, pero, cada vez que alguien le señalaba la planta, ahora ubicada en el fondo de la hilera, la cosa volvía.

Es que la planta, olvidada por momentos aunque siempre presente, al menos a la distancia, continuaba resaltando, verde y caprichosa en sus 15 inamovibles, religosos, centímetros.

Enojado, algo resentido por ese tallo que se le negaba y era objeto de todas las preguntas y las difamaciones posibles, entendía que había que tomar una decisión, hacer un quiebre. Y así fue: casi a los seis meses, dejó de regarla.

De a poco fue convirtiéndose en una más. Quizás porque le regalaron otras más radiantes, o quizás porque ya había asumido su definitiva derrota, lo cierto era que dejó de pensar en ella.

Y así, de modo casi desapercibido, luego de meses de olvido, la plantita comenzó, intrépida y concienzudamente, a estirarse.

lunes, 2 de mayo de 2011

Había que cortarla

Un amigo de él, apodado el Turco, fue el que se la presentó. Juan aseguraba que no había nada especial en ella, pero ante la insistencia de, además, varios de sus otros amigos, accedió a conocerla. Al menos a probar qué onda.

Las primeras veces que salieron Juan estaba desilusionado. No era todo lo que le habían prometido. No podía creer cómo todos, tan seriamente, le habían hablado maravillas.

Pero de a poco fueron conociéndose y entablaron una linda relación. Se empezaron a ver más y él aprendió a disfrutar los momentos juntos, que aumentaban. Así, le dio la razón, rápidamente, a sus consejeros, quienes hacían gala de su acierto. Juan, era obvio, iba a terminar cayendo, como antes habían caído otros.

En un primer momento, se veían sólo de noche cuando salían con el grupo de amigos de la secundaria que compartían, pero a medida que pasó el tiempo, comenzaron a juntarse solos, sin el pretexto de ningún tercero ni ninguna fiesta. "Ya es cosa seria", opinaban sus compañeros, a quienes, claramente, la relación no les sorprendía.

Sin saber bien por qué, Juan la ocultaba a sus padres. Había presentado antes a una muchacha con la que había salido poco más de un año, pero con ella, pensaba, era distinto: "a mis padres no les va a gustar", afirmaba sin ningún tipo de duda. Estaba seguro de que sospechaban algo, pero mantuvo el secreto con esfuerzo.

Cuando llegaron al año de relación clandestina, la mentira no daba para más. Sus padres, que antes ni siquiera le pedían datos de sus salidas, ahora comenzaron a cuestionarle cada una de ellas: a dónde vas, con quién te juntas, a qué hora venís. Incluso a veces lo esperaban toda la noche para toparse con él en la entrada y, quizás, hallarlo in fraganti.

Sin embargo, Juan había aprendido algunos oficios propios del amor. Sabía qué responder, cómo hacerlo; cuándo dar respuestas y cuándo mejor callar.

La relación, al cabo de un año, los estaba consumiendo. Era algo que les sucedía a los dos, pero ninguno podía verlo, aunque cada uno tuviese razones diferentes…

Juan sentía que se estaba alejando cada vez más de sus seres queridos, su familia y algunos antiguos amigos que tenía olvidados. Cada encuentro que realizaban era, pensaba, un modo de acercarse al final, un modo de acabar con todo lo que habían construido, con todo lo que habían crecido juntos. Ya los padres no figuraban en su cabeza; ahora sólo pensaba en tomar una determinación.

Y así fue que un día Juan decidió no regar más la planta de marihuana que había cultivado con tanto amor durante un año y siete meses. El Turco, cuando se enteró del asunto, le dijo: "Era hora, Juan. El amor tiene fecha de vencimiento".