Un taper con cariño adentro mío. Lleno. A punto de rebalsar. Que por momentos pareciera que explota, que volara en mil pedazos, o que simplemente se destapa y el cariño fluye y se transforma en bronca, en impotencia, desvaneciéndose. Un taper "atado con alambre". Un taper que es una bomba a punto de explotar; una granada a punto de detonar. Una bomba que hace "pi pi" todo el tiempo pero que no hace "kabum" jamás. Que tiene miles de cables verdes y rojos, indescifrables. Una bomba cuyas posibilidades de desactivación no requieren mucha suerte, ni un especialista en bombología, sino que son nulas, completamente nulas. Un taper que no puedo esconder ni arrojar lejos. Un taper que se resiste a perderse, a ser olvidado. Un taper que, a pesar de toda el agua que haya corrido debajo del puente, está ahí, presente. Un taper que no puedo guardar en mi biblioteca detrás de los libros. Tampoco en un cajón de recuerdos. Un taper que está adentro mío, quieto, profundo, a la espera de, algún día, alguna respuesta.
Mostrando entradas con la etiqueta preguntas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta preguntas. Mostrar todas las entradas
martes, 13 de septiembre de 2011
miércoles, 3 de agosto de 2011
Tarea para el hogar II
¿Se pueden amar dos personas y rechazarse?
¿Cómo es posible?
¿Alguien miente?
¿O es miedo?
¿Se puede amar sin decirlo?
¿Tardar en hacerlo?
¿Existe un amor para toda la vida?
¿Se puede dejar pasar?
¿Se puede hacer entrar a otro?
¿Tiene sentido?
Me atrevo a responder la última: no.
martes, 1 de marzo de 2011
Tarea para el hogar
¿Existe el amor de una sóla noche?
¿Existe un amor para toda la vida?
¿Se puede dejar de amar al amor de tu vida?
¿Existe?
¿Tiene sentido?
¿Se puede?
¿Se vale?
¿Existe un amor para toda la vida?
¿Y varios?
¿Se puede dejar de amar al amor de tu vida?
¿Se puede no encontrarlo jamás?
¿Existe?
¿Se vale no querer enamorarse?
¿Tiene sentido?
¿Se puede?
sábado, 23 de octubre de 2010
Una buena pregunta
Me llamaste a eso de las tres. Estaba sentado en el 168 que iba para Olivos a la altura de Constitución. Cuando sonó el aparato pensé: “Mi viejo”, pero no. En la pantalla se leía tu nombre y es por eso mi sorpresa: porque nunca habíamos hablado antes y no me esperaba ese llamado, y menos esa tranquilidad en tu voz, esa naturalidad. “Si nos conocíamos hace tan poco”, pensaba. Te respondí y habré sonado como un tonto, pero igual quedamos en vernos, y al poco rato nos vimos.
Me atraía que no tengas problemas en expresar lo que sentías, en llamarme cuando tuvieses ganas de verme. Parecen estupideces, pero no es poca cosa; al día de hoy las recuerdo. Me gustaba que me abraces así de la nada y, curiosamente, me fascinaba que al proponerte juntarnos me respondieras: “La verdad que no, no tengo ganas”. ¿Dónde conseguir alguien igual?
No sé si es madurez, pero seguro es algo que anda por ese concepto o lo rodea.
Una vez temía suspender una de nuestras citas: habíamos quedado a las cinco en no me acuerdo qué plaza y media hora antes me llama, bien oportuno, como siempre, un amigo ofreciéndome ir a la cancha con él sin pagar un peso -el partido empezaba a las seis-. Dudo, es verdad, pero acepto su propuesta, aunque con la tristeza de no solo tener que postergar tus besos sino de tener la obligación de llamarte y contarte que prefería ver a veintidós tipitos correr atrás de una pelota –porque eso era para vos el fútbol– antes que encontrarme con vos.
Te llamé, entonces, y con la más tierna y dulce de mis voces te conté la curiosa situación. Preveía un enojo, una crítica, algo, al menos un tono de reproche, pero no. Ni parecido. Me dijiste, así, textual: “¡Qué bueno, che! Me alegro. Bueno, nos vemos otro día”, fulminándome con la respuesta. No sabía qué decirte, no era posible una respuesta como esa; no para mí, por lo menos. No en ese momento. Revisaba cada hueco de tus palabras esperando notar resentimiento o algo parecido. Pero no. Ni ahí ni nunca encontré falsedad en tus palabras, en tus expresiones. Y eso fue lo que me hizo quererte.
Al día de hoy me pregunto: ¿Estaba mal que te des besos con otras personas, sabiendo ambos que solamente me amabas a mí? Buena pregunta.
sábado, 26 de junio de 2010
Borrador
Me di cuenta hace poco que le temo a los momentos irrepetibles. Tardé mucho en hacerlo, en realizar semejante abstracción, pero siempre conviví con este miedo; con este temor a los encuentros irrepetibles, a los viajes y momentos únicos. Me agrada en algún punto la rutina, aunque desprecio esta idea. Me gusta tener el control sobre las cosas. ¿Sobre las personas también? Puede ser, aunque me genera rechazo que así sea. No me gustan los placeres irrepetibles y me gusta que las cosas sobren. Odio el miedo a que se puedan acabar. Por lo que no me agradan las mujeres de una sóla noche, y casi que temo los encuentros de una sóla vez. Poder repetirlos es tener las riendas sobre la situación. No tenerlas es fallar, es el fracaso. Por eso me duele tanto haberme equivocado y haberte dejado pasar como quien tiene una única oportunidad y la desperdicia, sabiendo hoy que es un imposible el que se vuelva a repetir. Lo que sí, puedo asegurarte que de tenerla, no fallaría.
Me encantaría encontrar una muchacha para enamorarme perdidamente al menos un tiempo pero no sé dónde ni cuándo. Ni cómo ni por qué.
Me encantaría encontrar una muchacha para enamorarme perdidamente al menos un tiempo pero no sé dónde ni cuándo. Ni cómo ni por qué.
viernes, 12 de marzo de 2010
Qué le dirás
¿Qué le dirás, oh noble médico, a la madre del chiquito cuando requiera tu asistencia, cuando te exija una respuesta? ¿Le dirás que su hijo sufre de desnutrición en grado tres, que necesita alimentarse, que su problema es la falta de comida? ¿Qué harás cuando tus tantos años de estudio, tus tantos libros leídos, no te sirvan para cumplir con tu sincero deseo de ayudar? ¿En dónde te meterás tus eficaces investigaciones, tus largas noches de ciencia? ¿Para quiénes habrás investigado, con qué fines lo habrás hecho?
¿Entenderás que tus años de facultad han resultado inútiles? ¿Qué le dirás al morocho de los suburbios, cuando te presente a sus hijos de 5 y 2 añitos con episodios recurrentes de vómitos, cuando les saques sus remeras y se dejen ver ronchas en sus pieles y sus panzas hinchadas? ¿Le dirás, con la frialdad que te caracteriza, con la profesionalidad a la que tantos pacientes te han acostumbrado, que el problema es, simplemente, el agua que beben, el agua que no tienen? ¿Qué harás, en fin, cuando recetar un remedio no sea la solución? ¿Qué harás cuando la respuesta no la encuentres en tus manuales? ¿Qué harás cuando te fallen tus tantos años de ciencia? ¿Qué harás cuando tu mente enciclopédica te juegue una mala pasada?
Entenderás que ninguna tarea, ninguna profesión per se puede servirle a todos por igual, que la ciencia cumple un rol, y ella por sí sola, por más años de formación, es siempre funcional, que sólo cubre baches. Profundizar; profundizar no vamos a aprender en la escuela. Quizá algunos casos fuera de los manuales, de las academias te sugieran no despreciar otros saberes, como alguna vez soberbiamente lo hiciste; porque ninguno por sí sólo puede triunfar; y triunfar significa transformar algo las cosas.
¿Entenderás que tus años de facultad han resultado inútiles? ¿Qué le dirás al morocho de los suburbios, cuando te presente a sus hijos de 5 y 2 añitos con episodios recurrentes de vómitos, cuando les saques sus remeras y se dejen ver ronchas en sus pieles y sus panzas hinchadas? ¿Le dirás, con la frialdad que te caracteriza, con la profesionalidad a la que tantos pacientes te han acostumbrado, que el problema es, simplemente, el agua que beben, el agua que no tienen? ¿Qué harás, en fin, cuando recetar un remedio no sea la solución? ¿Qué harás cuando la respuesta no la encuentres en tus manuales? ¿Qué harás cuando te fallen tus tantos años de ciencia? ¿Qué harás cuando tu mente enciclopédica te juegue una mala pasada?
Entenderás que ninguna tarea, ninguna profesión per se puede servirle a todos por igual, que la ciencia cumple un rol, y ella por sí sola, por más años de formación, es siempre funcional, que sólo cubre baches. Profundizar; profundizar no vamos a aprender en la escuela. Quizá algunos casos fuera de los manuales, de las academias te sugieran no despreciar otros saberes, como alguna vez soberbiamente lo hiciste; porque ninguno por sí sólo puede triunfar; y triunfar significa transformar algo las cosas.
lunes, 4 de mayo de 2009
Click
El otro día vi cómo se caían las hojas de los árboles. Me hubiese gustado tener en ese momento la cámara, pero es siempre lo mismo; no era cuestión de tenerla en la mochila. Si hubiese decidido llevarla en la mochila aquella mañana, hubiera corrido otra suerte, y esa situación estoy casi seguro que no se me hubiera presentado. Es ley. Cuando uno no la lleva es cuando se le ocurren esas secuencias que uno piensa que podrían competir hasta con el mejor fotógrafo del mundo, aunque está bueno destacar que eso sólo pasa en ese instante, porque luego al momento del revelado, son más las frustraciones que los encantos. Esta también es otra ley. O su segunda parte.
Sobre el cuadro que se me presentó, no hay mucho más para decir. Era simplemente eso. Hojas cayendo y susurrando por lo bajo. Una llovizna de hojas amarillentas que caían como papelitos desde la copa de los árboles, que se amontonaban en la vereda, cubriendo el gris oscuro del cemento. Lo hacían con lentitud, pero con un estilo propio que parecía darles vida. Daban trompos en el aire, giraban, ladeaban para un lado y para el otro. Y ay, cuánto vale una situación así entre tanta urbanidad. Qué gran satisfacción es caminar pisando estas hojas maduras caídas de los árboles, qué grato desfasaje de tantos colores artificiales y grises opacos. Y ay, pero qué tan descuidados están estos en nuestra vida cotidiana. Acaso no lagrimean con sus hojas amarillas, acaso no murmuran unos con otros, siendo el viento que los agita el cómplice de sus pensamientos. Acaso no piden a gritos un poco de espacio; recuperar su protagonismo en un mundo que cada vez les es más ajeno. Acaso no son ellos la causa de mi respiración.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)