El espectáculo no recuerda si fue ayer o si no fue. Está en el camarín. Plena oscuridad. Mucho olor a tabaco. A porro. Dos vasos de whisky en la mesada. No sabe. Entonces se despierta, se para con dificultad y al salir cierra la puerta con fuerza. El ruido rebota, retumba. Se expande. Se extingue. Un eco. No hay nadie. Unas vueltas y una escalera. Unos seis escalones que recuerda levemente. No, siete. Tropieza. Está arriba. Ve asientos. Muchos. Un tumulto. ¿Se lo imagina? Un micrófono. Se acerca. Lo ubica en su boca. Va a hablar. Algo lo detiene. "Hablar al micrófono es una responsabilidad", se retrasa. Piensa. Alguien le dijo esa frase. No recuerda quién. No importa, no sabe. El olor a tabaco. Nuevamente. A porro. El humo quieto, el ambiente denso. Va a hablar. Esta vez sí. Está decidido. Un sonido agudo se desinfla. "El show se ha terminado, mis amigos", devuelve el eco una vez. Dos veces. Tres. El espectáculo no sabe si terminó o no. No sabe si fue. O es. ¿Se lo imagina? No recuerda. "...es una responsabilidad". Entonces una reverencia. Las butacas no responden. Sólo el eco. Da media vuelta. Son siete. Sí, son siete. Antes de abandonarlo, mira nuevamente el salón. "Adiós", se despide. Un silencio y una sonrisa en la última butaca.
martes, 24 de julio de 2012
lunes, 23 de julio de 2012
El viejo de las plantas
La primera vez que lo vi pasé de largo, pero era evidente que no era un vendedor más. Estaba escondido, entre dos paradas de colectivos, entre el humo, el ruido y las cientos de personas que caminaban de un lado para el otro, esperando con paciencia que alguien se interesase por sus modestos plantines. Frente al Parque Rivadavia había un lugar, un espacio pequeño, casi marginal, para esos colores.
Las primeras semanas sólo lo observé. Sentado en su sillita de plástico, esperaba callado con la mirada distraída que alguien se pusiese a observar sus extrañas plantitas. Recién ahí se acercaba en el momento preciso y explicaba cuáles eran las del día, porque nunca de los jamases ofrecía las mismas. La mayoría de quienes se paraban ya lo habían hecho. Sus clientes eran habituales y mantenía conversaciones con cada uno de ellos. "¿Hoy qué tenés, Roberto?", "¡Qué linda ésta!", "¡Se llevaron todas hoy!", le decían una y otra vez.
Así fue que un día, con tiempo, me puse a observar cada una de las plantas dispuestas con especial prolijidad encima de la heladera. Había sobre todo suculentas o crasas -plantas con hojas gordas que retienen el agua- y algunos cactus. Todas en vasos de plástico, botellas cortadas y envases de telgopor, lo que les daba un aire rústico y casero. "Mi mujer es la que sabe y cuida el jardín, yo apenas entiendo un poco", se sinceraba con humildad.
Esa tarde no me convenció ninguna, pero, sabía, pronto volvería. Con más plata en la billetera y un poco más temprano, cosa de poder elegir. No le había preguntado si estaba siempre, si el oficio de vendedor de plantas era una salida económica, ocasional a un mal momento, o una verdadera pasión. Cuando lo volví a ver, no hubo dudas.
Sentado en ese pequeño recoveco a la espera de una venta que lo hiciese recuperar el mal día, como me diría después, Roberto me esperaba paciente. Y regalaba oxígeno entre tanto cemento. Una paloma se situaba en una de sus piernas, sintiendo y aprovechando su tranquilidad.
Entonces me explicó, una por una, cuáles eran las que ese día había decidido traer; cuáles sus cuidados y cuáles sus precauciones. En la duda por cuál llevar, me recomendó una en especial que no parecía muy prometedora: "Da unas flores azules hermosas, te la recomiendo". Tampoco sabía su nombre, pero ante la insistencia accedí y la llevé. Confié.
Semanas más tarde, y adecuada a su nuevo hogar, comenzó a estirarse y a echar nuevas hojas y raíces. Un mes después, el envase de plástico quedó chico. Y hubo que meter mano. Mi primer trasplante, entonces, resultó exitoso: la planta sin nombre siguió creciendo, con un impulso loco por crecer casi furioso y el sueño loco de tocar el cielo.
Sin embargo, la planta continuaba sin dar señales de flor alguna. Tampoco dejaba notar su identidad. Nadie sabía de qué especie se trataba ni de dónde era originaria. La posibilidad, así, de que el viejo de las plantas resultase un mentiroso comenzaba a tomar cada vez más cabida. En el deseo de vender, el viejo, más allá de su simpatía, podía recurrir a ese recurso. ¿Por qué él habría de escapar a esa lógica, por qué él no habría de hacerlo?
"Es un yuyo, ¿quién te la vendió?", preguntaban con asco algunos. Otros, más directos, opinaban: "No hay dudas, el viejo te cagó".
En la desesperanza total, lo comprobé. El viejo me había mentido: la planta, la ruellia brittoniana en su nombre científico o petuña mexicana en el más vulgar, jamás iba a dar las flores que él había prometido. Su genética estaba destinada a dar otros colores. La primera flor violeta aguantó un par de días. Cuando cayó, otras diez la reemplazaron.
sábado, 21 de julio de 2012
El Hombre Unidimensional
Lo dijo Freud: todo progreso de la civilización nos genera malestar, cierta insatisfacción que proviene de la dificultad de llevar adelante y actuar de acuerdo a nuestros instintos o pulsiones. La cultura, había dicho Freud, exige al individuo que renuncie a satisfacer sus pulsiones, principalmente eróticas.
Marcuse lo corrige después. Lo corrige o avanza sobre sus conceptos. No los deshecha, sino que los reconceptualiza. Su principal crítica es que el fundador del psicoanálisis convierte contingencias históricas en necesidades biológicas y así naturaliza lo social. Dice: cierta represión fue necesaria para toda organización social del hombre, es cierto, pero hay otra represión, hoy cada vez en aumento -más peligrosamente en aumento-, que complementa a la anterior: la represión excedente, que caracteriza la sociedad en la que vivimos y la cual es necesario y urgente advertir y revertir. Esto Herberto lo escribe, lo piensa y analiza para la sociedad norteamericana de mediados del siglo XX: Estado de Bienestar, posguerra, altos índices de empleo y, sobre todo, consumo creciente.
Desde el corazón mismo del capitalismo nos lo advierte. Quizás sea este su párrafo más claro, de uno de los libros más clásicos e interesantes de teoría social, El Hombre Unidimensional:
"Y es aquí donde la llamada nivelación de las distinciones de clase revela su función ideológica. Si el trabajador y su jefe se divierten con el mismo programa de televisión y visitan los mismos lugares de recreo, si la mecanógrafa se viste tan elegantemente como la hija de su jefe, si el negro tiene un Cadillac, si todos leen el mismo periódico, esta asimilación indica, no la desaparición de las clases, sino la medida en que las necesidades y satisfacciones que sirven para la preservación del "sistema establecido" son compartidas por la población subyacente".
Lo que él vislumbra es, en suma, una "sociedad administrada", en donde la mejor autoridad, la mejor de las represiones necesarias para el sistema, la ejerce la propia conciencia, la forma moderna y por excelencia de control del yo (¿el superyo según la segunda tópica de Freud?). Donde el poder dejó de ser meramente represivo hace rato -aunque, está claro, nunca éste se presente completamente desnudo jamás-. Donde ya casi ni necesita ser violento... Un poder positivo y productivo, casi sutil.
Continuará...
lunes, 16 de julio de 2012
Charla con Huguito, segunda parte
-El otro día cuando nos íbamos una vecina te preguntó por la lotería, ¿jugás siempre?
-No, a la quiniela juego.
-¿Cómo es?
-Según lo que apuestes… Ponele, si apuesto, si juego en las tres cifras y agarro las tres cifras, los tres números, si agarro, agarro casi 800 pesos. Si acierto los tres números…
-¿Y qué harías con eso?
-Y si me lo gano… Y no, pero por ahí si ganás por ahí te podés salvar, te puede ayudar en algo, nomás, nada más.
-No, como me dijiste que tu viejo había ganado allá en Concordia…
-¡Sí! mi viejo ganó dos veces la lotería, pero el billete ganó, no este. El de Navidad ganó. Dos veces. Pasa que este no te ayuda en nada, te puede sacar del paso nomás. Te saca del paso según la plata que pongas. Yo pongo un peso nada más. Ponele que si agarrás con cinco pesos, diez pesos, las diez cifras, imaginate que vos lo tenés que… que cómo es que se llama, cómo es que se dice…
-Multiplicar
-Claro, vos imaginate que con un peso te dan 800 mangos, con diez pesos imaginate cuánto agarrás…
-Después, comparando tu vida ahora con la vida con tu abuela, tu tía, ¿cómo la ves? ¿Tenés más o menos comodidades?
-Noo, hubo un tiempo que me críe en la calle, dormí en la calle. Allá en Concordia, eh. Dormía entre los vagones, todo allá en Concordia. Hasta que... A veces me quedaba entre los vagones, pero a veces me quedaba en la casa de mis parientes.
-¿Y hace cuánto vivís acá, ponele?
-Y acá van a ser seis años.
-¿Y antes dónde vivías?
-Acá en la otra cuadra.
-Ah, ¿y por qué cambiaste? (Silencio) O sea, ¿Por qué te viniste acá? ¿Mejor o peor, digamos?
-Tuve problemas con mi tío. Mi tío me dijo que pagaba alquiler ahí y no pagaba. Me cobraba a mí los alquileres y no pagaba. Hasta que un día se descubrió, viste que la mentira tiene patas cortas… (reímos). Un día falleció el papá de los pibes y un día yo estaba ahí, cuando yo estaba ahí en la cancha, estaba preparado para ir con mi bolso ahí a la cancha, y vinieron dos chabones y me preguntaron, mi tío estaba laburando, y me preguntaron: “¿Usted quién es?”, “No, soy el sobrino del tío, ¿y ustedes por qué vienen?” le digo, “No, nosotros venimos porque ustedes no pagan alquiler”, me dice, (se ríe al contar la secuencia, la cuenta entre risas) “Cómo que no pagamos alquiler”, le digo, “yo todos los meses le pago a mi tío”, le digo, “el alquiler, si él me dice que paga”, le digo.
-Claro, horrible.
-“Y bueno, ¿y tu tío está?, “no, mi tío no está”, le digo. Y bueno ahí (se vuelve a reír)…
-Ahí te quisiste matar.
-Noo, me dice, (trata de no reírse, se pone serio) me dice: “Bueno, decile a tu tío que se tienen que ir a la mierda”. Lo llamé a mi tío para que… (No puede contener la risa).
-Y lo mandaste vos a la mierda.
-(se ríe a carcajadas) Noo, boludo, lo llamé a mi tío y le digo “Che, tío”, le digo: “¿Cómo es, boludo, me decís que pagás acá el alquiler, boludo, acá”, le digo, “y no pagás nada?”, le digo. Encima le decís, porque le dijo que había una vecina ahí que le daba la plata ahí para pagar, ¿viste? Y era todo mentira, le digo. Yo le fui a preguntar a la vecina todo ahí, ¿viste? Vinieron los hijos del dueño acá, le digo, que nunca pagaron alquiler. “Noo, ¿cómo puede ser?”, no sabía dónde meterse el chabón… Y bueno (se ríe) ahí me vine y me conseguí acá y me alquilé acá. (Silencio. Se pone serio:) Pero siempre porque tengo laburo ese del Colegio, porque todos los meses tengo la plata. Y los primeros días siempre tengo la plata…
-¿Y, estuviste más cómodo?
-Pasa que… (piensa) … Eh…
-Digo, cómo te fuiste acomodando con las cosas.
-No, no, vos imaginate que vos vayas a vivir a una casa ajena, ¿vos cómo te vas a sentir?
-Pará, ¿te estás refiriendo a esta?
-No, no
-A otra
-Claro. Esta es mi primera casa, claro. Pero vos imaginate, vos entrás y es tu casa. No tenés que pedirle permiso a nadie para prender la televisión, para hacer lo que vos quieras, ¿me entendés o no? Nadie te va a decir… ¿me entendés? Pero cuando estás en casas ajenas vos te tenés que privar todo…
-¿Y por qué siempre viviste en casas ajenas?
-Y no sé por qué viví en casas ajenas. Porque no tenía… no sé.
-¿Hace cuánto que estás acá?
-Hace seis años ya
-(Arriesgo involucrarme un poco) Bueno, hace seis conseguiste estar en blanco, que te pusieron en blanco en el laburo. Tiene que ver un poco, capaz. Tener fijo, ¿no?
-Sí, pasa que… Yo tenía siempre plata… Ah, claro. Acá yo pagué un mes anticipado para estar acá. Sí, ya tenía la plata, pero… No sé, no sé por qué viví en casa ajena. No te puedo explicar porque no sé por qué viví. Pero yo nunca quise tener nadie, que nadie me regale nada, porque yo trabajo, ¿me entendés? Y no me gusta vivir de los demás. Si tengo, no me gusta hacer… no me gusta hacer, cómo te puedo decir… Si yo vengo, vengo al mediodía: “Y, tío, ¿te hace falta algo para cocinar?”, qué se yo, pongo la plata, ¿me entendés? No soy un tipo de decir no, vengo, como acá.
-Claro, es la primera vez que pudiste tener tu casa propia, tu espacio propio.
-Y sí, a veces yo tengo ganas de largar todo a la mierda y digo, qué hago si largo todo a la mierda, si largo todo a la mierda a dónde voy a ir a vivir, a la calle, ¿o no?, y en la calle quién te va a dar… Yo tengo que agradecer que estoy viviendo en un techo, ¿o no? (Silencio) ¿O no? Es lo fundamental.
-Obvio.
-¿O no?
-Sí, obvio.
-Tengo acá… Estoy acá, estoy cómodo. Me acuesto a dormir, me levanto mañana. Tomo un mate tranquilo. Eso es lo que tengo que agradecer. Que tengo esto, ¿o no? Que puedo pagar mi alquiler. ¿O no?
-¿Y cómo sería para vos estar mejor?
-(Mira a la pared, hay un silencio, pone caras que nunca había visto, la pregunta lo descoloca:) Y no… ¿Estar mejor?… Yo creo que estar mejor… Estar mejor sería sabés cuál sería estar mejor…Estar mejor… Me gustaría estar en familia. Estar en familia. Eso es lo que me gustaría estar. Estar mejor sería estar con mi familia. Tener una familia. Estar con alguien. Eso. ¿Entendés? No levantarme todos los días y no encontrarte con nadie, ni tener con quien compartir un mate, no tener con quien charlar, ¿me entendés? ¿O no?
-Has estado igual… (Venía hablando antes de encender el grabador de este tema, un tema delicado para él)
-Y sí. (Silencio).
-O sea, no lo ves como una cuestión material.
-No… no, no lo veo como una cuestión material, no, no. Yo todavía lo que pienso es que tengo todavía 38 años, 40 años, yo lo que pienso es que puedo seguir laburando hasta los 40 años, voy a estar a ful pero después de los 40, ¿me entendés? Ahí sí… Puedo estar ful, ¿o no?
-Igual tampoco es que hay una edad, un límite, ¿no? Se va viendo. Me imagino, no sé.
-¿Vos no pensás? No decís… Es como yo pienso con Marina. Yo digo, quiero seguir hinchando las bolas con Marina, pero pará, a veces digo, cuando Marina sea grande, por ahí no me da importancia. ¿Me entendés? Va a decir: “No, pero mi viejo me aguantó, me aguantó, me aguantó”, va a decir Marina. Y vos qué pensás decir... ¿Vos cuántos años tenés?
-21.
-Y bueno, vos tenés 21.Y vos decís: mi viejo, yo tengo que prepararme para tener una profesión. Ayudar a mi viejo. Si mi viejo me aguanto todo hasta ahora. Y si no, voy a estudiar para aguantar a mi viejo.
-Claro.
-¿Me entendés o no?
-Sí, sí.
-Vos tenés que procurar para agradecrle a tu viejo, porque tu viejo algún día…
-Lo va a necesitar.
-Igual que yo digo gracias a Dios, gracias a Dios yo soy un tipo sano, ¿sabés por qué? Porque nunca me enfermo, nunca me enfermo, nunca tengo nada. Vos imaginate que yo caigo un mes en cama. A mí quién me va a traer algo. Quién me va a traer un plato de comida acá en casa. ¿Me podés creer o no? Quién me va a traer…
-Te entiendo.
-Yo todos los días tengo que salir a laburar. Es así el tema, ¿o no?
-Sí… ¿Y de acuerdo a tu experiencia qué cosas hicieron que hoy vos estés mejor, igual, o peor que antes? Y si es que te ves mejor, igual, peor…
-No…
-Que antes hace cinco, diez años, no importa.
-Eh, lo que estoy mejor es que tengo esto, nada más. Que no dependo de nadie. Eso. ¿Me entendés? ¿O no?
-Tu lugar propio, decís.
-Claro
-¿Y pensás, ponele, a futuro? ¿Te imaginás el futuro?
-Sí, pienso el futuro… sí, pienso… Yo lo que pienso es que…pienso el futuro, sí, pero… Pienso… Yo digo tan analfabeto no puedo ser. Yo lo que tengo que… Progresar (la pronuncia con un énfasis, como si hubiera encontrado la clave de todo lo que me estuvo contando en esta segunda parte). Yo lo que tengo que decir es no, cómo hago para progresar si no sé nada, si no sé ni leer ni escribir. Si no sé ni leer y escribir no voy a progresar, ¿o no? ¿Es verdad o no?
-Ajam
-¿Cómo hago, me entendés? Para progresar si no sé leer ni escribir. Y yo no quiero ser como esa gente que está en la calle… Y si yo quisiera aprender algo, y a ganar más plata, yo le brindaría todo a mi hija. Nada más. A Marina.
-¿Qué querés de ella? Cuando crezca, digo.
-Yo lo que quiero es que aprenda a leer y escribir bien ella. Que aprenda ella bien. Porque el otro día no pasó de grado, ¿viste? La mandaron a estudiar a otro lado, la mandaron a hacer, ¿cómo se llama? Clases de apoyo, todo, hasta que la pasaron a segundo. Y yo no quiero que sea como mí. No quiero que sea analfabeta, nada, mi hija.
-¿La hicieron repetir?
-Claro, la mandaron a hacer...
-¿Pero repitió o clases de apoyo y siguió?
-No, siguió yendo a primero y después la pasaron a segundo. Está en segundo ahora.
-¿Pero se atrasó un año?
-Sí… No, no, no se atrasó un año.
-Ah, eso es lo que te decía.
-No, no, no se atrasó.
-No, no se atrasó, pero tuvo clases de apoyo.
-Pero no quiero que sea así como yo… ella. Y, no sé, qué se yo, quiero que sea grande y que diga: “Bueno, tuve un papá un día que no sabía leer ni escribir y que no me ayudaba”. Ella debe pensar eso. Capaz que la madre no le dice: “Tu papá no sabe leer ni escribir”, ¿viste? Pero yo quiero que ella aprenda. Ahora ella está contenta porque puede ir a natación, todo eso, ¿viste? Está contenta y me dice: no papá, yo voy a ir así, y así, y así. Está bien, pasa que yo no le hablo mucho así y le digo: “Estudiá, vos, hace lo que vos quieras”, y así le digo. Yo quiero que ella, en un tiempo capaz, en un futuro, me lo va a agradecer, ¿o no?
-Seguro.
-¿O no? Si ella me dice vos sos mi papito, vos sos mi papito, me dice. ¿O no?
-¿Pero le gusta ir al colegio a ella o no?
-Sí
-¿Le gusta?
-Sí. Sí, sí. Porque se siente sola, como yo me siento solo, ¿viste?, ella se siente sola en la casa. Entonces… Ella estaba acostumbrada a levantarse temprano conmigo también, ¿viste? Entonces, qué es lo que quiere ella. Ir a buscar compañía al colegio. Se va al colegio y… ¿me entendés o no?
-Ajam
-Quiere ir al colegio. Porque se siente ahogada en la casa. ¿Me entendés o no? (silencio).
-Y… ¿qué te imaginabas vos a los 20, más o menos? ¿Qué querías hacer?
-No, yo nunca tuve eso. Nunca tuve idea. Tengo 38 años y todavía no tengo una profesión. Nunca se me ocurrió aprender algo tampoco…
(Silencio, se muestra algo distraído o cansado, o las dos, no sé. Entra alguien: “Sale 48 Hugo”. Habla de las pizzas que se pidieron para ver el partido de Argentina contra Ecuador. Mientras busca la plata en su billetera, rompo el hielo con una pregunta, o al menos lo intento: “¿Es y media el partido no?”, “Sí, 7 y media”, “Son y cuarto ya”. ¿Qué ya la encargaste ya?”, le pregunta Hugo, “Sí, ya la encargué”, “¿A ver cuánto te tengo que dar?”. Las cuentas, como en nuestra entrevista, no las hace él. “24”, “¿Vos tenés ahí 24, así te pago con 100?”. “No, yo le dije que íbamos a pagar exacto… ¿No tenés 24 ahí?”, pregunta amable. Tarda otro tiempo más. Le alcanza los billetes y le dice: “Ahí está, ya está bien, ¿no?, 25, está bien. “Y si bajás boludo comprate una cerveza, dos cervezas, ¿a dónde vemos el partido acá o en tu casa?”, “Acá lo vemos, ahora vengo”, “Bueno”. Se va).
-Acá se ve lindo en este televisor.
-No, igual no tengo cable. Discutí con un vecino, ¿viste?, acá, el otro día y me cortó el cable. Sigamos…
-No, ya estamos bien (no solo se viene la hora del partido, sino que Hugo está cada vez más distraído, ahora con el celular en la mano y viendo la pantalla). Sólo si te quedó algo por decirme, si te gustaría decirme algo que no te pregunté, o compartir algo. Sino…
-¿Cómo? No te entendí.
-Claro, si querés contarme o compartir algo. Otra cosa.
-(Sigue con el celular) Ahora le mando mensaje a esta piba y vos te vas a reír. (Tarda unos minutos y me alcanza su celular. En la pantalla está escrito: “toma algo matarde”. Me pregunta, con risas, si está bien, le digo que no pero que se fije, que es un error que ya habíamos hablado juntos. Repite en voz alta y se da cuenta que falta el “mos” de “toma”, pero el partido está cerca, las pizzas ya vienen, entonces dice que no importa: “Dejá, no tengo ganas”, me dice casi agresivo, y lo manda, al toque responde y efectivamente la mujer entendió. Me pide a mí que se lo lea). Yo… yo lo que no entiendo es cómo puedo leer algunas cosas y no sé escribir un carajo. ¿Cómo puede ser? ¿Qué es lo qué es? ¿Cuál es el tema? Lo principal…
-(No sé la verdad, pero arriesgo) Que practiques, que te sientes, que escribas y que te equivoques…
-Eso me decía Nacho (un compañero del trabajo que lo estuvo ayudando a la salida del laburo pero que, me contó, dejó porque no tenía tiempo diciéndole que tenía que ir a aprender a la escuela. De hecho, Hugo me mostró el cuaderno, donde tenía anotadas las letras y las vocales, además de algunas frases con correcciones de Nacho. Sale Argentina a la cancha).
-Que te equivoques… ¡es cómo en el fútbol! Vos sabés cómo es. El otro día me contaste que jugabas bien, que tuviste la oportunidad de ir a un Club. Vos cuando empezaste a los cinco años te tropezabas con la pelota, y le pegabas peor, mal, y fuiste practicando. No aprendiste de un día para el otro.
(Sale Argentina a la cancha. Le anoto el celular en su aparato, que el otro día no quedó agendado. Me dice que cómo, que cómo me voy a ir ahora, que me quede a comer unas pizzas. Le explico que voy a ver el partido con mi viejo, que había quedado ya –vivo a dos cuadras–. Volvemos a hablar para quedar para otro día. Le digo de vuelta que tiene mi celular en el libro y en la agenda, que me mande cuando quiera un mensaje o algo para tomar unos mates y enseñarle lo que pueda).
-Vos venite cuando quieras, llamame y venite, pasá, estoy al pedo acá. Vos sabés, vos sabés que yo quiero aprender…
-¿Cómo es?
-Según lo que apuestes… Ponele, si apuesto, si juego en las tres cifras y agarro las tres cifras, los tres números, si agarro, agarro casi 800 pesos. Si acierto los tres números…
-¿Y qué harías con eso?
-Y si me lo gano… Y no, pero por ahí si ganás por ahí te podés salvar, te puede ayudar en algo, nomás, nada más.
-No, como me dijiste que tu viejo había ganado allá en Concordia…
-¡Sí! mi viejo ganó dos veces la lotería, pero el billete ganó, no este. El de Navidad ganó. Dos veces. Pasa que este no te ayuda en nada, te puede sacar del paso nomás. Te saca del paso según la plata que pongas. Yo pongo un peso nada más. Ponele que si agarrás con cinco pesos, diez pesos, las diez cifras, imaginate que vos lo tenés que… que cómo es que se llama, cómo es que se dice…
-Multiplicar
-Claro, vos imaginate que con un peso te dan 800 mangos, con diez pesos imaginate cuánto agarrás…
-Después, comparando tu vida ahora con la vida con tu abuela, tu tía, ¿cómo la ves? ¿Tenés más o menos comodidades?
-Noo, hubo un tiempo que me críe en la calle, dormí en la calle. Allá en Concordia, eh. Dormía entre los vagones, todo allá en Concordia. Hasta que... A veces me quedaba entre los vagones, pero a veces me quedaba en la casa de mis parientes.
-¿Y hace cuánto vivís acá, ponele?
-Y acá van a ser seis años.
-¿Y antes dónde vivías?
-Acá en la otra cuadra.
-Ah, ¿y por qué cambiaste? (Silencio) O sea, ¿Por qué te viniste acá? ¿Mejor o peor, digamos?
-Tuve problemas con mi tío. Mi tío me dijo que pagaba alquiler ahí y no pagaba. Me cobraba a mí los alquileres y no pagaba. Hasta que un día se descubrió, viste que la mentira tiene patas cortas… (reímos). Un día falleció el papá de los pibes y un día yo estaba ahí, cuando yo estaba ahí en la cancha, estaba preparado para ir con mi bolso ahí a la cancha, y vinieron dos chabones y me preguntaron, mi tío estaba laburando, y me preguntaron: “¿Usted quién es?”, “No, soy el sobrino del tío, ¿y ustedes por qué vienen?” le digo, “No, nosotros venimos porque ustedes no pagan alquiler”, me dice, (se ríe al contar la secuencia, la cuenta entre risas) “Cómo que no pagamos alquiler”, le digo, “yo todos los meses le pago a mi tío”, le digo, “el alquiler, si él me dice que paga”, le digo.
-Claro, horrible.
-“Y bueno, ¿y tu tío está?, “no, mi tío no está”, le digo. Y bueno ahí (se vuelve a reír)…
-Ahí te quisiste matar.
-Noo, me dice, (trata de no reírse, se pone serio) me dice: “Bueno, decile a tu tío que se tienen que ir a la mierda”. Lo llamé a mi tío para que… (No puede contener la risa).
-Y lo mandaste vos a la mierda.
-(se ríe a carcajadas) Noo, boludo, lo llamé a mi tío y le digo “Che, tío”, le digo: “¿Cómo es, boludo, me decís que pagás acá el alquiler, boludo, acá”, le digo, “y no pagás nada?”, le digo. Encima le decís, porque le dijo que había una vecina ahí que le daba la plata ahí para pagar, ¿viste? Y era todo mentira, le digo. Yo le fui a preguntar a la vecina todo ahí, ¿viste? Vinieron los hijos del dueño acá, le digo, que nunca pagaron alquiler. “Noo, ¿cómo puede ser?”, no sabía dónde meterse el chabón… Y bueno (se ríe) ahí me vine y me conseguí acá y me alquilé acá. (Silencio. Se pone serio:) Pero siempre porque tengo laburo ese del Colegio, porque todos los meses tengo la plata. Y los primeros días siempre tengo la plata…
-¿Y, estuviste más cómodo?
-Pasa que… (piensa) … Eh…
-Digo, cómo te fuiste acomodando con las cosas.
-No, no, vos imaginate que vos vayas a vivir a una casa ajena, ¿vos cómo te vas a sentir?
-Pará, ¿te estás refiriendo a esta?
-No, no
-A otra
-Claro. Esta es mi primera casa, claro. Pero vos imaginate, vos entrás y es tu casa. No tenés que pedirle permiso a nadie para prender la televisión, para hacer lo que vos quieras, ¿me entendés o no? Nadie te va a decir… ¿me entendés? Pero cuando estás en casas ajenas vos te tenés que privar todo…
-¿Y por qué siempre viviste en casas ajenas?
-Y no sé por qué viví en casas ajenas. Porque no tenía… no sé.
-¿Hace cuánto que estás acá?
-Hace seis años ya
-(Arriesgo involucrarme un poco) Bueno, hace seis conseguiste estar en blanco, que te pusieron en blanco en el laburo. Tiene que ver un poco, capaz. Tener fijo, ¿no?
-Sí, pasa que… Yo tenía siempre plata… Ah, claro. Acá yo pagué un mes anticipado para estar acá. Sí, ya tenía la plata, pero… No sé, no sé por qué viví en casa ajena. No te puedo explicar porque no sé por qué viví. Pero yo nunca quise tener nadie, que nadie me regale nada, porque yo trabajo, ¿me entendés? Y no me gusta vivir de los demás. Si tengo, no me gusta hacer… no me gusta hacer, cómo te puedo decir… Si yo vengo, vengo al mediodía: “Y, tío, ¿te hace falta algo para cocinar?”, qué se yo, pongo la plata, ¿me entendés? No soy un tipo de decir no, vengo, como acá.
-Claro, es la primera vez que pudiste tener tu casa propia, tu espacio propio.
-Y sí, a veces yo tengo ganas de largar todo a la mierda y digo, qué hago si largo todo a la mierda, si largo todo a la mierda a dónde voy a ir a vivir, a la calle, ¿o no?, y en la calle quién te va a dar… Yo tengo que agradecer que estoy viviendo en un techo, ¿o no? (Silencio) ¿O no? Es lo fundamental.
-Obvio.
-¿O no?
-Sí, obvio.
-Tengo acá… Estoy acá, estoy cómodo. Me acuesto a dormir, me levanto mañana. Tomo un mate tranquilo. Eso es lo que tengo que agradecer. Que tengo esto, ¿o no? Que puedo pagar mi alquiler. ¿O no?
-¿Y cómo sería para vos estar mejor?
-(Mira a la pared, hay un silencio, pone caras que nunca había visto, la pregunta lo descoloca:) Y no… ¿Estar mejor?… Yo creo que estar mejor… Estar mejor sería sabés cuál sería estar mejor…Estar mejor… Me gustaría estar en familia. Estar en familia. Eso es lo que me gustaría estar. Estar mejor sería estar con mi familia. Tener una familia. Estar con alguien. Eso. ¿Entendés? No levantarme todos los días y no encontrarte con nadie, ni tener con quien compartir un mate, no tener con quien charlar, ¿me entendés? ¿O no?
-Has estado igual… (Venía hablando antes de encender el grabador de este tema, un tema delicado para él)
-Y sí. (Silencio).
-O sea, no lo ves como una cuestión material.
-No… no, no lo veo como una cuestión material, no, no. Yo todavía lo que pienso es que tengo todavía 38 años, 40 años, yo lo que pienso es que puedo seguir laburando hasta los 40 años, voy a estar a ful pero después de los 40, ¿me entendés? Ahí sí… Puedo estar ful, ¿o no?
-Igual tampoco es que hay una edad, un límite, ¿no? Se va viendo. Me imagino, no sé.
-¿Vos no pensás? No decís… Es como yo pienso con Marina. Yo digo, quiero seguir hinchando las bolas con Marina, pero pará, a veces digo, cuando Marina sea grande, por ahí no me da importancia. ¿Me entendés? Va a decir: “No, pero mi viejo me aguantó, me aguantó, me aguantó”, va a decir Marina. Y vos qué pensás decir... ¿Vos cuántos años tenés?
-21.
-Y bueno, vos tenés 21.Y vos decís: mi viejo, yo tengo que prepararme para tener una profesión. Ayudar a mi viejo. Si mi viejo me aguanto todo hasta ahora. Y si no, voy a estudiar para aguantar a mi viejo.
-Claro.
-¿Me entendés o no?
-Sí, sí.
-Vos tenés que procurar para agradecrle a tu viejo, porque tu viejo algún día…
-Lo va a necesitar.
-Igual que yo digo gracias a Dios, gracias a Dios yo soy un tipo sano, ¿sabés por qué? Porque nunca me enfermo, nunca me enfermo, nunca tengo nada. Vos imaginate que yo caigo un mes en cama. A mí quién me va a traer algo. Quién me va a traer un plato de comida acá en casa. ¿Me podés creer o no? Quién me va a traer…
-Te entiendo.
-Yo todos los días tengo que salir a laburar. Es así el tema, ¿o no?
-Sí… ¿Y de acuerdo a tu experiencia qué cosas hicieron que hoy vos estés mejor, igual, o peor que antes? Y si es que te ves mejor, igual, peor…
-No…
-Que antes hace cinco, diez años, no importa.
-Eh, lo que estoy mejor es que tengo esto, nada más. Que no dependo de nadie. Eso. ¿Me entendés? ¿O no?
-Tu lugar propio, decís.
-Claro
-¿Y pensás, ponele, a futuro? ¿Te imaginás el futuro?
-Sí, pienso el futuro… sí, pienso… Yo lo que pienso es que…pienso el futuro, sí, pero… Pienso… Yo digo tan analfabeto no puedo ser. Yo lo que tengo que… Progresar (la pronuncia con un énfasis, como si hubiera encontrado la clave de todo lo que me estuvo contando en esta segunda parte). Yo lo que tengo que decir es no, cómo hago para progresar si no sé nada, si no sé ni leer ni escribir. Si no sé ni leer y escribir no voy a progresar, ¿o no? ¿Es verdad o no?
-Ajam
-¿Cómo hago, me entendés? Para progresar si no sé leer ni escribir. Y yo no quiero ser como esa gente que está en la calle… Y si yo quisiera aprender algo, y a ganar más plata, yo le brindaría todo a mi hija. Nada más. A Marina.
-¿Qué querés de ella? Cuando crezca, digo.
-Yo lo que quiero es que aprenda a leer y escribir bien ella. Que aprenda ella bien. Porque el otro día no pasó de grado, ¿viste? La mandaron a estudiar a otro lado, la mandaron a hacer, ¿cómo se llama? Clases de apoyo, todo, hasta que la pasaron a segundo. Y yo no quiero que sea como mí. No quiero que sea analfabeta, nada, mi hija.
-¿La hicieron repetir?
-Claro, la mandaron a hacer...
-¿Pero repitió o clases de apoyo y siguió?
-No, siguió yendo a primero y después la pasaron a segundo. Está en segundo ahora.
-¿Pero se atrasó un año?
-Sí… No, no, no se atrasó un año.
-Ah, eso es lo que te decía.
-No, no, no se atrasó.
-No, no se atrasó, pero tuvo clases de apoyo.
-Pero no quiero que sea así como yo… ella. Y, no sé, qué se yo, quiero que sea grande y que diga: “Bueno, tuve un papá un día que no sabía leer ni escribir y que no me ayudaba”. Ella debe pensar eso. Capaz que la madre no le dice: “Tu papá no sabe leer ni escribir”, ¿viste? Pero yo quiero que ella aprenda. Ahora ella está contenta porque puede ir a natación, todo eso, ¿viste? Está contenta y me dice: no papá, yo voy a ir así, y así, y así. Está bien, pasa que yo no le hablo mucho así y le digo: “Estudiá, vos, hace lo que vos quieras”, y así le digo. Yo quiero que ella, en un tiempo capaz, en un futuro, me lo va a agradecer, ¿o no?
-Seguro.
-¿O no? Si ella me dice vos sos mi papito, vos sos mi papito, me dice. ¿O no?
-¿Pero le gusta ir al colegio a ella o no?
-Sí
-¿Le gusta?
-Sí. Sí, sí. Porque se siente sola, como yo me siento solo, ¿viste?, ella se siente sola en la casa. Entonces… Ella estaba acostumbrada a levantarse temprano conmigo también, ¿viste? Entonces, qué es lo que quiere ella. Ir a buscar compañía al colegio. Se va al colegio y… ¿me entendés o no?
-Ajam
-Quiere ir al colegio. Porque se siente ahogada en la casa. ¿Me entendés o no? (silencio).
-Y… ¿qué te imaginabas vos a los 20, más o menos? ¿Qué querías hacer?
-No, yo nunca tuve eso. Nunca tuve idea. Tengo 38 años y todavía no tengo una profesión. Nunca se me ocurrió aprender algo tampoco…
(Silencio, se muestra algo distraído o cansado, o las dos, no sé. Entra alguien: “Sale 48 Hugo”. Habla de las pizzas que se pidieron para ver el partido de Argentina contra Ecuador. Mientras busca la plata en su billetera, rompo el hielo con una pregunta, o al menos lo intento: “¿Es y media el partido no?”, “Sí, 7 y media”, “Son y cuarto ya”. ¿Qué ya la encargaste ya?”, le pregunta Hugo, “Sí, ya la encargué”, “¿A ver cuánto te tengo que dar?”. Las cuentas, como en nuestra entrevista, no las hace él. “24”, “¿Vos tenés ahí 24, así te pago con 100?”. “No, yo le dije que íbamos a pagar exacto… ¿No tenés 24 ahí?”, pregunta amable. Tarda otro tiempo más. Le alcanza los billetes y le dice: “Ahí está, ya está bien, ¿no?, 25, está bien. “Y si bajás boludo comprate una cerveza, dos cervezas, ¿a dónde vemos el partido acá o en tu casa?”, “Acá lo vemos, ahora vengo”, “Bueno”. Se va).
-Acá se ve lindo en este televisor.
-No, igual no tengo cable. Discutí con un vecino, ¿viste?, acá, el otro día y me cortó el cable. Sigamos…
-No, ya estamos bien (no solo se viene la hora del partido, sino que Hugo está cada vez más distraído, ahora con el celular en la mano y viendo la pantalla). Sólo si te quedó algo por decirme, si te gustaría decirme algo que no te pregunté, o compartir algo. Sino…
-¿Cómo? No te entendí.
-Claro, si querés contarme o compartir algo. Otra cosa.
-(Sigue con el celular) Ahora le mando mensaje a esta piba y vos te vas a reír. (Tarda unos minutos y me alcanza su celular. En la pantalla está escrito: “toma algo matarde”. Me pregunta, con risas, si está bien, le digo que no pero que se fije, que es un error que ya habíamos hablado juntos. Repite en voz alta y se da cuenta que falta el “mos” de “toma”, pero el partido está cerca, las pizzas ya vienen, entonces dice que no importa: “Dejá, no tengo ganas”, me dice casi agresivo, y lo manda, al toque responde y efectivamente la mujer entendió. Me pide a mí que se lo lea). Yo… yo lo que no entiendo es cómo puedo leer algunas cosas y no sé escribir un carajo. ¿Cómo puede ser? ¿Qué es lo qué es? ¿Cuál es el tema? Lo principal…
-(No sé la verdad, pero arriesgo) Que practiques, que te sientes, que escribas y que te equivoques…
-Eso me decía Nacho (un compañero del trabajo que lo estuvo ayudando a la salida del laburo pero que, me contó, dejó porque no tenía tiempo diciéndole que tenía que ir a aprender a la escuela. De hecho, Hugo me mostró el cuaderno, donde tenía anotadas las letras y las vocales, además de algunas frases con correcciones de Nacho. Sale Argentina a la cancha).
-Que te equivoques… ¡es cómo en el fútbol! Vos sabés cómo es. El otro día me contaste que jugabas bien, que tuviste la oportunidad de ir a un Club. Vos cuando empezaste a los cinco años te tropezabas con la pelota, y le pegabas peor, mal, y fuiste practicando. No aprendiste de un día para el otro.
(Sale Argentina a la cancha. Le anoto el celular en su aparato, que el otro día no quedó agendado. Me dice que cómo, que cómo me voy a ir ahora, que me quede a comer unas pizzas. Le explico que voy a ver el partido con mi viejo, que había quedado ya –vivo a dos cuadras–. Volvemos a hablar para quedar para otro día. Le digo de vuelta que tiene mi celular en el libro y en la agenda, que me mande cuando quiera un mensaje o algo para tomar unos mates y enseñarle lo que pueda).
-Vos venite cuando quieras, llamame y venite, pasá, estoy al pedo acá. Vos sabés, vos sabés que yo quiero aprender…
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