jueves, 10 de enero de 2008
martes, 8 de enero de 2008
Ella
Envuelta, acaso falsa, simulada, afanosamente fingida. Demostraba sonrisas que no eran, muecas engañosas, ademanes embusteros, tramposos si se quiere. Esa risita radiante considerada en un primer momento como tal, se transformaba de a poco en pura monería. Su estilo, nunca discreto, era rebuscado. Se enseñaba como deseaba ser vista, ni más ni menos. Su ser desconocía la sorpresa, que perdía sentido, no teniendo lugar, no permitiéndose. El silencio era improbable en su cercanía; era menester convertirse, y esto rápidamente, en el eje absoluto de las cosas. La eminente exclamación que producía poco tardaba en tornarse insoportable: empalagaba y agobiaba. Se esmeraba, inclusive, para provocarlo. Las miradas ajenas eran su punto de referencia, su eje de coordenadas. Ella conseguía ser feliz de esa manera. Los que creían conocerla, se contentaban con su revestimiento. Su maquillaje valía más que miles de momentos y sensaciones. Sus ropas debían cautivar, atraer, seducir distintas miradas, atraerlas. Su espejo era su fiel seguidor, lo cual no tardó en generar una melosa dependencia. Cada mañana lo sentía como una prueba que había que superar; sufría o se deleitaba con ella. Nunca se tomaba el inocente lujo de ser tal cual era. El adorno lo era todo: el fracaso o el éxito. El renombre, la fama, el ser reconocida en su ambiente, era su meta. Sus inseguridades, resentimientos, envidias, la llevaron a comportarse así. Sentía como una exigencia ser partícipe; lo necesitaba, era su vicio.
Pero su personalidad arrogante, altiva, creída, era bien vista por todos. Su egoísmo y creciente egocentrismo no eran reprobados. Al contrario. Ella era admirada. Eran ridículos y escasos aquellos que veían más de lo que miraban, y entendían su forma de ser, ¿o acaso de no serlo? Necesitaba un reconocimiento; perseguía cariño, el cual no era agradecido. Sólo era una forma de alimentar su sed, y contribuir a su romántica codicia.
Pero su personalidad arrogante, altiva, creída, era bien vista por todos. Su egoísmo y creciente egocentrismo no eran reprobados. Al contrario. Ella era admirada. Eran ridículos y escasos aquellos que veían más de lo que miraban, y entendían su forma de ser, ¿o acaso de no serlo? Necesitaba un reconocimiento; perseguía cariño, el cual no era agradecido. Sólo era una forma de alimentar su sed, y contribuir a su romántica codicia.
sábado, 5 de enero de 2008
domingo, 23 de diciembre de 2007
Tosco
Tosco a la hora de relacionarse, duro con las palabras, torpe físicamente, no parecía un gran muchacho. Simple y discreto, pasaba sus días a la par de su insignificante grupo de compañeros, quizá generosamente denominados por él como verdaderos amigos. No gustaba de ninguna actividad; no tenía planeado un futuro ni un ideal; solía afirmar que aún tenía tiempo para pensar, mientras este avanzaba a la par de sus días, permaneciendo invariable su razonamiento. Quizá nunca le importó el tiempo, ni sintió el paso de este como algo negativo y contraproducente. Él vivía de esa manera, y así lo quería, o acaso no vislumbraba alternativas. Probablemente esta carencia de dilemas en sus días hacía de ellos unos tristes y vacíos.
Toleraba su soledad, pero no la perseguía. Siempre creyó falsamente en sus pares, e hizo oídos sordos a lo que algún mayor, cercano o no, podía sugerir, recomendar o quién dice aconsejar. Siguió en la suya, pero el tiempo insistía. Pronto estas sugerencias, insinuaciones, se fueron convirtiendo en pedidos, indicaciones, en advertencias. Como era de esperarse, el muchacho no tomó para bien estas observaciones, las que consideró innecesarias e injustas. Prefirió hacerse a un lado, a enfrentar el problema. Fácil desición. Nunca se caracterizó por ser hábil en el sorteo de ningún tipo de obstáculos, ni de los fáciles ni de los más engorrosos. Prefería echarse a un lado. Grueso error.
Al contrario, se encerraba cada vez más; y lo sabía… pero una mezcla de orgullo e incertidumbre hacía negarlo todo. El nudo se hacía cada vez más grande; su dificultad para corregirlo también iba visiblemente en aumento. Cualquiera lo notaba. Era preso de su poca convicción, sus inseguridades. Si alguna vez sus efímeras virtudes alguien intentaba destacarlas, él se encargaba instantáneamente de encubrirlas, en un proceso que ni él entendía: su humildad rozaba lo absurdo, por demás exagerada; su pasividad, cercana a la necedad, parecía hundirlo; su abstinencia, además, demostraba su inmadurez y creciente cobardía.
Por supuesto él no era así por deseo; no era su culpa, o no enteramente. Recibió el trato desde niño, tanto de su familia, como de sus más cercanos. Su familia no era la más unida, ni mucho menos un ejemplo. De estratos bien distintos, no coincidían en mucho. Tampoco en poco, pero al parecer no era lo suficiente. Padre y madre no lograron nunca mantener una relación estable. Inteligentes ambos, optaron por la separación, siendo su hijo apenas una criatura. Así forjó su insípida personalidad, tanto emocional como intelectual. Su identidad fue desarrollándose a la par de las circunstancias; siempre en riesgo de perder su irrisoria estabilidad.
Toleraba su soledad, pero no la perseguía. Siempre creyó falsamente en sus pares, e hizo oídos sordos a lo que algún mayor, cercano o no, podía sugerir, recomendar o quién dice aconsejar. Siguió en la suya, pero el tiempo insistía. Pronto estas sugerencias, insinuaciones, se fueron convirtiendo en pedidos, indicaciones, en advertencias. Como era de esperarse, el muchacho no tomó para bien estas observaciones, las que consideró innecesarias e injustas. Prefirió hacerse a un lado, a enfrentar el problema. Fácil desición. Nunca se caracterizó por ser hábil en el sorteo de ningún tipo de obstáculos, ni de los fáciles ni de los más engorrosos. Prefería echarse a un lado. Grueso error.
Al contrario, se encerraba cada vez más; y lo sabía… pero una mezcla de orgullo e incertidumbre hacía negarlo todo. El nudo se hacía cada vez más grande; su dificultad para corregirlo también iba visiblemente en aumento. Cualquiera lo notaba. Era preso de su poca convicción, sus inseguridades. Si alguna vez sus efímeras virtudes alguien intentaba destacarlas, él se encargaba instantáneamente de encubrirlas, en un proceso que ni él entendía: su humildad rozaba lo absurdo, por demás exagerada; su pasividad, cercana a la necedad, parecía hundirlo; su abstinencia, además, demostraba su inmadurez y creciente cobardía.
Por supuesto él no era así por deseo; no era su culpa, o no enteramente. Recibió el trato desde niño, tanto de su familia, como de sus más cercanos. Su familia no era la más unida, ni mucho menos un ejemplo. De estratos bien distintos, no coincidían en mucho. Tampoco en poco, pero al parecer no era lo suficiente. Padre y madre no lograron nunca mantener una relación estable. Inteligentes ambos, optaron por la separación, siendo su hijo apenas una criatura. Así forjó su insípida personalidad, tanto emocional como intelectual. Su identidad fue desarrollándose a la par de las circunstancias; siempre en riesgo de perder su irrisoria estabilidad.
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