No se van por nada del mundo.
Ya probé con sprays anti moscas y mosquitos y hasta con raids mata cucarachas, pero no hay caso. Lo único que logré fue contaminar la comida y llenar de un vaho extraño la cocina y algo del comedor.
Probé también limpiando los platos y las cacerolas apenas terminada la cena, pero tampoco; bajando la basura todos los días conseguí igual resultado. Empecé a cerrar las ventanas, la puerta del patio, puse un mosquitero, pero todo sigue igual: las moscas siguen ahí, como si nada.
En una tarde de desesperación, no hace mucho, cazé el trapo y les empecé a dar. Por suerte, durante el ataque de locura que sufrí no había nadie que me pudiese observar.
Sostenía con fuerza el repasador, movía el brazo violentamente de abajo hacia arriba para darles a las mosquitas que estaban bien panchas en el techo, así como a las que permanecían pegadas en las paredes. Así estuve cinco minutos, y cuando creí que mi táctica, finalmente, había dado resultado, descubrí, patéticamente, todo lo contrario; no sólo las moscas seguían ahí, sino que ahora volaban de un lado para otro, zumbando sobre mis oídos y, hasta a veces, posando sobre mi piel.
Eran más de las que temía. Eran muchas, millones. Pregunté a los vecinos y hasta algunos profesores; mis viejos no tenían idea. En la facultad me preguntaron cómo eran y las describí con perfección: eran pequeñas, más pequeñas que las moscas, pero menos rápidas que aquellas. Más silenciosas que los mosquitos, pero más difíciles de matar que estos. Exprimían un líquido rojo al morir, pero no se trataba de sangre humana puesto que no picaban.
Fui al supermercado más grande. Compré nuevos sprays, los últimos, que hasta venían con tapas de colores y promociones de dos por uno. Pero la suerte fue la misma. Las moscas no estaban dispuestas a trasladarse, ni a morirse, ni a dejarme en paz al menos un día; se quedaron también en el invierno...
Fueron mi obsesión; dormía pensando en ellas, me levantaba pensando en ellas. Y hasta las soñaba.
Un día, ya sin esperanzas de destruir la especie que lentamente se estaba constituyendo en mi cocina, le conté a un viejo compañero de secundaria mi triste situación; le pregunté qué carajo podía hacer frente a tamañana adversidad.
Él, que nunca se hacía problema por nada y entendía la vida como nadie, me contestó con sabiduría: "Ignoralas, Darío. Hacé como si no existiesen."
Al mes, las moscas, tristes, se fueron para no volver jamás.
Ya probé con sprays anti moscas y mosquitos y hasta con raids mata cucarachas, pero no hay caso. Lo único que logré fue contaminar la comida y llenar de un vaho extraño la cocina y algo del comedor.
Probé también limpiando los platos y las cacerolas apenas terminada la cena, pero tampoco; bajando la basura todos los días conseguí igual resultado. Empecé a cerrar las ventanas, la puerta del patio, puse un mosquitero, pero todo sigue igual: las moscas siguen ahí, como si nada.
En una tarde de desesperación, no hace mucho, cazé el trapo y les empecé a dar. Por suerte, durante el ataque de locura que sufrí no había nadie que me pudiese observar.
Sostenía con fuerza el repasador, movía el brazo violentamente de abajo hacia arriba para darles a las mosquitas que estaban bien panchas en el techo, así como a las que permanecían pegadas en las paredes. Así estuve cinco minutos, y cuando creí que mi táctica, finalmente, había dado resultado, descubrí, patéticamente, todo lo contrario; no sólo las moscas seguían ahí, sino que ahora volaban de un lado para otro, zumbando sobre mis oídos y, hasta a veces, posando sobre mi piel.
Eran más de las que temía. Eran muchas, millones. Pregunté a los vecinos y hasta algunos profesores; mis viejos no tenían idea. En la facultad me preguntaron cómo eran y las describí con perfección: eran pequeñas, más pequeñas que las moscas, pero menos rápidas que aquellas. Más silenciosas que los mosquitos, pero más difíciles de matar que estos. Exprimían un líquido rojo al morir, pero no se trataba de sangre humana puesto que no picaban.
Fui al supermercado más grande. Compré nuevos sprays, los últimos, que hasta venían con tapas de colores y promociones de dos por uno. Pero la suerte fue la misma. Las moscas no estaban dispuestas a trasladarse, ni a morirse, ni a dejarme en paz al menos un día; se quedaron también en el invierno...
Fueron mi obsesión; dormía pensando en ellas, me levantaba pensando en ellas. Y hasta las soñaba.
Un día, ya sin esperanzas de destruir la especie que lentamente se estaba constituyendo en mi cocina, le conté a un viejo compañero de secundaria mi triste situación; le pregunté qué carajo podía hacer frente a tamañana adversidad.
Él, que nunca se hacía problema por nada y entendía la vida como nadie, me contestó con sabiduría: "Ignoralas, Darío. Hacé como si no existiesen."
Al mes, las moscas, tristes, se fueron para no volver jamás.