jueves, 6 de enero de 2011

Mentiras y no tan

Le dijo: "No sé si es el momento".

Y pensó: "Si no estuviese de novio, te parto en ocho".

Le dijo: "No sé si quiero ir a comer a tu casa".

Y pensó: "Tu vieja me rompe las pelotas".

Le dijo: "¿Compro una gaseosa en el kiosco?"

Y pensó: "Necesito comprar forros".

Le dijo: "No sos vos".

Y pensó: "Estás horrible".

Le dijo: "El problema es mío".

Y pensó: "El problema sos vos".

Le dijo: "Jamás te mentí".

Y pensó: "Te estoy mintiendo".

Le dijo: "No estás gorda".

Y pensó: "Largá los postres, ya"

Le dijo: "Tu hermana me cae bien".

Y pensó: "Tu hermana está terrible".

Le dijo: "Tus suegros me miran medio raro".

Y pensó: "Me caen como el orto".

Le dijo: "Voy a cortar con mi novia".

Y pensó: "No tengo los huevos".

Le dijo: "Dame un tiempo".

Y pensó: "Mucho tiempo".

Le dijo: "Jamás te engañé".

Y pensó: "Te estoy engañando".

Le dijo: "Lo nuestro era imposible".

Y pensó: "Jamás te quise".

Le dijo: "Sos la única, no hay otra".

Y pensó: "Hay más de una".

Le dijo: "Empecemos a hablar de verdad".

Y pensó: "Es un buen comienzo".

miércoles, 5 de enero de 2011

Encuesta 1

El 77% de las personas que participaron de la encuesta propuesta por el administrador de esta página reveló que leyó al menos cinco textos enteros del blog, mientras que un 35% del total de los participantes reconoció haber leído todos los escritos. De los restantes, el 14% manifestó no haber leído ninguno de los textos y el 7% admitió haber leído sólo un par de los relatos agrupados en el sitio.

La encuesta, anónima, y que se mantuvo abierta aproximadamente seis meses, contó con la participación de 14 cybernautas. A pesar de esta baja cantidad de participantes, el administrador del blog se mostró optimista: "Si pensamos que 14 posibles lectores llegaron con su cursor hasta abajo de todo y se dignaron a participar de la encuesta, la experiencia es más que favorable", se dijo para sí, y lo escribió.

lunes, 3 de enero de 2011

Cap. 3: "Su repercusión"

Juan le contó a sus amigos y amigas de su proeza, de su magnífico regalo. Era la envidia del colegio: "¿Cómo pudo Papa Noel obsequiarle su trineo?", se preguntaban sus compañeros, quienes despreciaban ahora sus recientes regalos, insignificantes al lado de aquel milagro que representaba el trineo. La noticia llegó a las madres y padres de sus amigos; fue extendiéndose rápidamente. Periodistas locales e internacionales tocaron el timbre de la casa de Juan; su foto con el trineo recorrió el Mundo entero en cuestión de días.

Sin embargo, no era Juan sino sus padres los más buscados: "¿Cómo pudieron permitir que haga ese pedido?", eran cuestionados. Así, Juan se convirtió en un fenómeno mundial. Era el regalo más fantástico de todas las navidades conocidas hasta entonces.

Las semanas fueron sucediéndose, y la noticia fue apagándose, ganando un lugar cada vez más pequeño en los diarios y revistas; Juan dejó de ser figura y su trineo dejó de ser noticia. Hacia marzo, desapareció completamente de los medios. Recién acercándose la Navidad, otra vez en diciembre, Juan volvió a la tapa, pero esta vez con pronósticos y predicciones horribles, con cargadas acerca de cuál sería esta vez su pedido.

Llegado el 24, otra vez el brindis, otra vez la espera. El mismo grito desaforado de su tía y la misma corrida, la misma frenética desesperación. Juan que abría la puerta, primero como siempre. Nuevamente, como si de una repetición se tratara, su misma inmovilidad. Otra vez, se quedaba quieto en la puerta, contemplando el árbol que prendía y apagaba. Otra vez, lo invadía la decepción, aunque ahora no sólo a él, también a su hermano y a sus primos: debajo del árbol no había nada. No había paquetes ni pelotas de fútbol ni caramelos. Sólo la madera, el cable de las luces... Si ya era 25, si ya eran las 12 y un minuto, ¿entonces qué?

Todos corrieron a mamá, quien, esta vez, no tuvo respuestas. La Navidad fue triste y terminó temprano. La decepción de los más pequeños se convirtió en la tristeza de los grandes, quienes intentaban consolar a sus hijos con promesas de más y más grandes regalos. Ellos sabían que, siendo las 12 y 5, no había chance de una posible demora: Papa Noel nunca llega tarde.

Sin embargo, Juan ni siquiera lagrimeó. No corrió a su mamá, no esta vez. Con sus ocho años recién cumplidos se quedó pensando unos segundos y luego se dirigió al garage, en donde contempló el maravilloso trineo. Lo invadió de repente una triste aunque ya sospechada certeza: Papa Noel era mentira. Los regalos los compraban sus viejos, eran puestos unos minutos antes de las 12. Por eso nunca lo había visto, por eso nunca nadie lo había visto. El trineo, el regalo más magnífico de todos los tiempos, había sido un esfuerzo de su familia por complacerlo.

Al día siguiente, otra vez los llamados, los reporteros en la puerta, los grabadores en busca de las palabras de Juan; periodistas que exigían una conferencia de prensa, noticieros que centraban sus transmisiones en sus papás. En miles de idiomas, el cuestionamiento era claro y volvía con más fuerza: no era Juan el culpable del fin de la Navidad, no era un niño de tan solo ocho años el culpable sino sus padres, aquellos que permitieron que Juan escriba en la carta a Papa Noel, un año atrás, el regalo imposible -el único regalo imposible; el regalo que no podía ser. Se hicieron marchas y movilizaciones en las que participaban chicos, niños y hasta bebes. La consigna era clara: Juan debía devolver el trineo.

sábado, 25 de diciembre de 2010

Cap. 2: "Su espera"

Siempre Papa Noel le había traído todo, pero esta vez el pedido no solo era inviable material y económicamente, sino que era, además, inmoral. El problema no era de tamaño, ni de plata. Era un problema más grande; era un problema con la humanidad y todos los chicos del Mundo.

Hasta el 24 a la tarde, antes de que llegase toda la familia a pasar la velada, Juan eludió todo tipo de argumentos, tácticas y estrategias para que tachase la última línea de su larga lista, negándose y encerrándose en su cuarto. Ésta no era para Juan una Navidad como cualquier otra. Con todo lo que le habían dicho, terminó dudando de la veracidad de Papa Noel, de su real existencia. El trineo era cuestión de vida o muerte.

Un minuto antes de las 12 los grandes brindaron. Juan, en la mesa de los chicos junto a su hermano menor y sus primos, no prestaba atención siquiera a los fuegos artificiales que se empezaban a ver en las alturas. Tampoco había comido postre, ni siquiera helado, su favorito, señal de que algo malo estaba pasando. Es que era el minuto decisivo.

Se brindó por salud, trabajo, y todas esas cosas. Los grandes hicieron partícipes a los más pequeños del brindis, y estos se entusiasmaron al ser parte del rito de los adultos. Sin embargo, Juan apenas se entusiasmó; miraba ahora al cielo en busca de la llegada del trineo, esperaba con desesperación el grito de su tía la borracha, quien solía realizar la cuenta regresiva para las 12.

“Tres, dos, uno… ¡Feliz Navidad!”, gritaron todos a destiempo, mientras los chicos salían despedidos al cuarto en el que se encontraba el arbolito y los regalos. Juan iba primero, corriendo con impaciencia. Abrió la puerta, y se quedó clavado ahí. La desilusión lo invadió de repente, mientras su hermano le pasaba por el costado y se arrojaba, enajenado, fuera de sí, a los paquetes. Es que no había ningún trineo, no había ningún paquete grande, no había señales de Papa Noel ni de sus renos ni de nada. ¿Papa Noel no existía? Si todos los demás regalos estaban, ¿por qué justo ese no? ¿Dónde, sino?

Los ojos de Juan le comenzaban a lagrimear, de a poco. Sin abrir siquiera un paquete, volvió corriendo a donde estaba su mamá, enojado no sabía bien con quién; si con ella, su padre, Papa Noel, o su hermano. ¿Era todo una mentira? ¿Le habían mentido descaradamente toda su vida? Mamá lo consoló con una sola pregunta: “¿Te fijaste en el garaje?”.

Juan se iluminó. No había pensado en eso. Su corazón latía ahora más fuerte que en toda la noche, que en toda su vida, quizás. Era la última posibilidad. Corrió al garaje, abriendo la puerta con fuerza. Prendió la luz. Su rostro se transformó y sus ojos se desorbitaron. No daban abasto a cubrir semejante maravilla. Era el trineo de Papa Noel.