Suena el gatillo. Un ruido seco y un silencio atroz, profundo, se sucede. Las cosas de momento quedan suspendidas, inmóviles, y los pensamientos se confunden. El ruido del gatillo se repite, aún más cercano, y retumba en los oídos de los dos.
La misma sensación, el mismo escalofrío. Los cuerpos absortos y el mismo silencio se repite. Luego una frase; seca, rápida, que los devuelve de la confusión y el aturdimiento, que los petrifica pero devuelve a algo así como a la vida, que se sella en sus memorias y los reta a un incierto pero, al fin, último esperar: "Cuenten hasta cien, si cuentan noventa y nueve los hago cagar a los dos".
El ruido a pasos que se alejan y la indecisión y el desconcierto. Los segundos se prolongan como nunca antes y se suceden lentamente. Los dos cuentan para adentro con el temor a ser escuchados. Cuentan con el temor a que todo se acabe de un momento a otro, con el temor a la nada
Se sienten cerca pero lo desconocen. Sólo cuentan y esperan. "Noventa y ocho, noventa y nueve... cien, cientouno". "¡Alfredo! ¡Alfredo! ¡Estamos libres! ¡Ya está! Dejá de contar, boludo", grita una de las figuras mientras se quita la capucha con una alegría que recordará por siempre. Alfredo seguía contando, arrodillado y con la cabeza gacha, con la misma desconfianza del principio y con el miedo intacto, -el mismo pavor a la muerte que lo perseguía desde hacía siete años.
"¡Alfredo!". Todavía en la oscuridad, Alfredo recibe los brazos de su compañera y éstos le brindan esa seguridad que el número ciento uno no logró brindarle. Se levanta lentamente, con dificultad y lágrimas en los ojos, aún algo desconcertado. Repite los movimientos de su compañera y la abraza infinitamente, la aprieta fuertemente, y ella lo hace de igual manera. Una mirada más, sincera y reconfortante, reparadora. Ambos saben el infierno que han vivido; palabras no necesitan.
Luego el ruido lejano a coches que se alejan. No saben dónde están, ni qué pasará después, pero de momento están solos, y son libres.
La misma sensación, el mismo escalofrío. Los cuerpos absortos y el mismo silencio se repite. Luego una frase; seca, rápida, que los devuelve de la confusión y el aturdimiento, que los petrifica pero devuelve a algo así como a la vida, que se sella en sus memorias y los reta a un incierto pero, al fin, último esperar: "Cuenten hasta cien, si cuentan noventa y nueve los hago cagar a los dos".
El ruido a pasos que se alejan y la indecisión y el desconcierto. Los segundos se prolongan como nunca antes y se suceden lentamente. Los dos cuentan para adentro con el temor a ser escuchados. Cuentan con el temor a que todo se acabe de un momento a otro, con el temor a la nada
Se sienten cerca pero lo desconocen. Sólo cuentan y esperan. "Noventa y ocho, noventa y nueve... cien, cientouno". "¡Alfredo! ¡Alfredo! ¡Estamos libres! ¡Ya está! Dejá de contar, boludo", grita una de las figuras mientras se quita la capucha con una alegría que recordará por siempre. Alfredo seguía contando, arrodillado y con la cabeza gacha, con la misma desconfianza del principio y con el miedo intacto, -el mismo pavor a la muerte que lo perseguía desde hacía siete años.
"¡Alfredo!". Todavía en la oscuridad, Alfredo recibe los brazos de su compañera y éstos le brindan esa seguridad que el número ciento uno no logró brindarle. Se levanta lentamente, con dificultad y lágrimas en los ojos, aún algo desconcertado. Repite los movimientos de su compañera y la abraza infinitamente, la aprieta fuertemente, y ella lo hace de igual manera. Una mirada más, sincera y reconfortante, reparadora. Ambos saben el infierno que han vivido; palabras no necesitan.
Luego el ruido lejano a coches que se alejan. No saben dónde están, ni qué pasará después, pero de momento están solos, y son libres.
