lunes, 3 de agosto de 2009

Saltar

Hoy tengo piernas pegajosas, así como bien flacuchitas, pero con estilo, con un estilo bien particular y para nada discreto. Son como un poco húmedas; son raras, es cierto... Las tengo que cuidar, y por eso salto; no soy de correr. Me gusta saltar, de acá para allá, a un árbol, a una ramita, o a veces me quedo tirado en el piso, mirando, observando qué pasa por encima mío... y qué pasa por debajo. Porque uno suele olvidarse del debajo, pero también pasan cosas ahí. Arriba es como más tentador mirar, no lo niego, pero abajo hay también para escuchar, hay más para sentir y tocar. ¿Y esas cosas por dónde las siento? Por mis piernitas, sí, que a veces se ensucian de tierra, pero no importa, porque al rato voy y me mojo un poquito, y quedan como nuevas. Me agrada mojarme, empaparme... nadar. No quiero ser egocéntrico, pero debo decir la verdad, y es que nado muyy bien. Me siento cómodo en el agua. Cuando estoy limpio, entonces ahí, vuelvo a saltar. Salto tan lejos a veces que hasta yo me sorprendo, y me quedo un tiempito pensando: "Pucha, que alto salté". Eso lo pienso por un rato, me quedo sentadito ahí y vuelvo a observar todo de nuevo, desde otros parámetros, creo yo, porque como les dije, a veces salto mucho; definitivamente no es joda esto del salto. Me gusta observarlo todo con una calma y una tranquilidad díficil de describir. Admito que camino poco y nada, no lo necesito, o no me gusta; jamás me lo pregunté y creo que no lo voy a hacer ahora por esta confesión estúpida y sinsentido: simplemente no camino. Tampoco soy alguien muy querido, pero a veces noto cómo se quedan mirando mis formas y no sé qué más. Me miran el lomo, creo yo, pero no sé qué tengo de raro, nunca pude verme muy bien. Un poco me he visto en el reflejo del agua un día de diluvio pero eso no basta para definirse a sí mismo, no es suficiente.

Final A (opcional):
Y a veces salto y alcanzo lugares extrañísimos, con animales muy raros, grandes, y de unos sonidos muy particulares. No me caen mal, es más, me quedo mirando esas extrañas maravillas que tiene la selva en donde vivo, y al rato me voy, de vuelta para mi hogar. Pero hay una sola cosa que no entiendo de todo este asunto, y es la siguiente: ¿Qué necesidad tendrá ese bichito soberbio y enorme de lanzarme esa cortina de luz blanquesina que retumba en mis ojos por días enteros? Eso sí que no logro entender.



Final B (opcional):

Otras veces volé; hoy me conformé con saltar.

Final luego de A ó de B:

Bueno, acá terminan mis pensamientos porque nunca me gustó estar mucho tiempo quietesito en un mismo lugar; cuestión de sentirse seguro, vio. Prefiero volver a saltar, y eso es lo que hago. Adiós.

sábado, 11 de julio de 2009

I

Una etapa en donde cada paso deja su huella, cada avance deja su marca y su sendero, su sinuoso camino; cada frase se repite una y mil veces, se queda y se va, pero vuelve, siempre vuelve. Vuelve con más fuerza, con mayor intensidad. A veces se va, pero sólo por momentos. Queda como guardada en un rincón viejo y olvidado, porque viene otra, y así otra y otra, hasta que aparece una nueva, que la suplanta y se ubica por encima, momentáneamente. Se suceden. Se suman y forman una mezcla de voces, susurros y letras que crean un pensamiento único e irrepetible. También hay miradas, que se cruzan, que se encuentran, que se hacen próximas, pero luego se alejan y se distancian. Casi que desaparecen. Pero están. Son pasado y presente. Y aparecen nuevas, nuevas y más coloridas miradas. Hay amistades, poemas, letras, historias, mujeres. Todo se mezcla, viene y va. Y uno recuerda; no elije, sólo recuerda aquello que, como por arte de magia, se ha fijado en su memoria. Tristezas y alegrías, encantos y desencuentros; besos, caricias, abrazos y retos.

"como amor por descifrar, como un Dios en edad de jugar..."

miércoles, 6 de mayo de 2009

Qué felicidad

No sabes que contento me pone reencontrarme con Orestes. Una sonrisa infantil se impregna en mi cara, y mis ojos se agrandan. Me siento un nene con el cucurucho más grande del mundo, con el regalo de navidad más preciado. Me siento ese niño que fui y que extraño ser. Lo siento más cerca, al menos. Simplemente por saber, por tener la certeza de que aquel personaje de mi imaginación, no sólo fue, sino que ahora también es. Es y seguirá siendo presente. No digo que haya dejado de serlo alguna vez, pero ahora se renuevan mis expectativas y mi curiosidad se agiganta a cada minuto. Como juguete olvidado, Orestes vuelve al lugar que se había ganado, al primer plano de mis pensamientos. Será que lo necesitaba. Que lo necesitaba o lo extrañaba, no lo sé, ni me importa. Pero sé que estas no van a ser páginas de un libro cualquiera, de una novela. Van a ser las páginas de la vida de mi gran amigo y compañero Orestes.

lunes, 4 de mayo de 2009

Click

El otro día vi cómo se caían las hojas de los árboles. Me hubiese gustado tener en ese momento la cámara, pero es siempre lo mismo; no era cuestión de tenerla en la mochila. Si hubiese decidido llevarla en la mochila aquella mañana, hubiera corrido otra suerte, y esa situación estoy casi seguro que no se me hubiera presentado. Es ley. Cuando uno no la lleva es cuando se le ocurren esas secuencias que uno piensa que podrían competir hasta con el mejor fotógrafo del mundo, aunque está bueno destacar que eso sólo pasa en ese instante, porque luego al momento del revelado, son más las frustraciones que los encantos. Esta también es otra ley. O su segunda parte.

Sobre el cuadro que se me presentó, no hay mucho más para decir. Era simplemente eso. Hojas cayendo y susurrando por lo bajo. Una llovizna de hojas amarillentas que caían como papelitos desde la copa de los árboles, que se amontonaban en la vereda, cubriendo el gris oscuro del cemento. Lo hacían con lentitud, pero con un estilo propio que parecía darles vida. Daban trompos en el aire, giraban, ladeaban para un lado y para el otro. Y ay, cuánto vale una situación así entre tanta urbanidad. Qué gran satisfacción es caminar pisando estas hojas maduras caídas de los árboles, qué grato desfasaje de tantos colores artificiales y grises opacos. Y ay, pero qué tan descuidados están estos en nuestra vida cotidiana. Acaso no lagrimean con sus hojas amarillas, acaso no murmuran unos con otros, siendo el viento que los agita el cómplice de sus pensamientos. Acaso no piden a gritos un poco de espacio; recuperar su protagonismo en un mundo que cada vez les es más ajeno. Acaso no son ellos la causa de mi respiración.