Pocos hombres tienen la voluntad, la firmeza de luchar por lo que creen digno. Pocos hombres se sienten capases de modificar la historia. Pocos hombres lo intentan. Aquellos que lo hacen son rápidamente convertidos en símbolos, en cánticos, en imágenes. Son las banderas que enarbolará el pueblo en su lucha continua sobre la desigualdad, la pobreza, el hambre y la miseria, sobre las injusticias. Pocos intelectuales pueden ver la realidad, y muchos menos contradecirla, aspirar a un cambio. Otros, los más, se dan vuelta como panqueques. Las falsas democracias de hoy en día representan a la mayoría (¿la representan?), pero hasta qué punto los trabajadores son capaces de soportar las arbitrairedades de sus patrones. Hasta qué punto se puede vivir oprimido. Las propias armas de estas democracias se encargarán de derrumbarlas, pero qué díficil cuando estas falsas democracias son defendidas por el Imperio, allá arriba. ¿Por qué tanto odio al pensar diferente? ¿Porqué tanto deseo de poder?
Supo exponer sus ideas. Supo defender sus ideales. Supo mantenerse firme. Supo enamorar a un pueblo entero. Supo identificarse con él. Con sus carencias y necesidades. Supo sacarlo a la calle. Con sus sueños. Sus demandas. Supo hacer valer a los olvidados. Supo despertar a un pueblo. Supo enseñarles el camino. Supo, como supieron otros en otros tiempos. Supo valerse de integridad, en un mundo donde las circunstancias le eran adversas. Supo enfrentarse al enemigo, de frente y sin resquicios.
Salvador Allende fue un verdadero intérprete de la voluntad popular. Perseguía un sueño, un ideal. Una utopía. La utopía de millones, de los más. Algo irreal en este mundo virtual de hoy en día, lleno de imágenes y falsedades. En este mundo lejos del cambio. Pero por qué dejarse engañar. Por qué no salir, por qué no pelear. Por qué no luchar. Por qué no apostar por lo que uno cree. Por qué no ganarse un lugar en los libros... si los hombres sin historia son la historia.
Allende se suicidó con un tiro en la cabeza.
Supo exponer sus ideas. Supo defender sus ideales. Supo mantenerse firme. Supo enamorar a un pueblo entero. Supo identificarse con él. Con sus carencias y necesidades. Supo sacarlo a la calle. Con sus sueños. Sus demandas. Supo hacer valer a los olvidados. Supo despertar a un pueblo. Supo enseñarles el camino. Supo, como supieron otros en otros tiempos. Supo valerse de integridad, en un mundo donde las circunstancias le eran adversas. Supo enfrentarse al enemigo, de frente y sin resquicios.
Salvador Allende fue un verdadero intérprete de la voluntad popular. Perseguía un sueño, un ideal. Una utopía. La utopía de millones, de los más. Algo irreal en este mundo virtual de hoy en día, lleno de imágenes y falsedades. En este mundo lejos del cambio. Pero por qué dejarse engañar. Por qué no salir, por qué no pelear. Por qué no luchar. Por qué no apostar por lo que uno cree. Por qué no ganarse un lugar en los libros... si los hombres sin historia son la historia.
Allende se suicidó con un tiro en la cabeza.
